
La lógica del genocida
Las siguientes ideas pueden resultarle familiares a mucha gente. “La revolución no desea más que una felicidad sencilla: la del campesino que se alimenta con el fruto del trabajo, sin necesidad de los productos occidentales que le han convertido en un consumidor dependiente’’. La palabra campesino y pueblo son intercambiables en este contexto, sin problemas. De acuerdo a este pensamiento paranoico, los elementos básicos a los que puede aspirar un revolucionario no son otros que un reloj, una bicicleta y una radio.
¿A quién pertenecen? A un hombre enceguecido con las ideas sobre el destino de sus pares, un matemático que pasará a la historia por haber participado, a lo largo de 40meses, en el genocidio de toda la clase intelectual de su país, 17 mil camboyanos. Su nombre es Kang kek Ieu, alias Duch.
Tenía 25 años cuando ingresó en la clandestinidad. Camboya estaba corrompida y el comunismo ofrecía tantas promesas como una mujer joven enamorada. Cuando los jémeres rojos -dirigidos por el camarada Pol Pot- tomaron el poder en 1975, escogieron a este hombre para que dirigiera la escuela Tuol Sleng, conocida también como S21, que se transformó en el centro de tortura y ajusticiamiento más implacable del país: quien entraba como prisionero debía ser destruido psicológicamente.
Duch deberá responder por crímenes de lesa humanidad ante un tribunal compuesto por juristas camboyanos y de la Organización de las Naciones Unidas. Hay que entender que las justicia tarda en llegar: diez años y 40 millones de euros es el tiempo y el costo de poner en marcha este juicio.
Hoy se encuentra en una cárcel de la ONU, pero por ocho años permaneció recluido en una prisión camboyana. Tiene 66 años y gusta protegerse tras la manida excusa de que recibía órdenes. “Habría muerto si las hubiera desobedecido. No lo hice por gusto’’. Algo que por cierto no está muy claro.
Duch odiaba el capitalismo y estuvo de acuerdo en la idea de que Camboya debía aislarse para su refundación. Por eso apoyó que con la llegada de la revolución al poder, se estableciera el comienzo del año O.
Ese momento coincidió con el envío de toda la población urbana a limpiarse las tendencias burguesas y reeducarse al campo, donde fueron trasladados a trabajar en arrozales. Con esas ideas de un maoísmo extremo, agrarista y xenófobo exterminaron a 1,7 millones de camboyanos.
El pasado 10 de febrero el periodista italiano Valerio Pellizzari, corresponsal del Il Messaggero de Roma, logró entrevistarlo en su celda de la ONU, en Phnom Penh. Su impresión ha sido la de estar frente a la banalidad del mal. Mezcla de monje budista y Hannibal Lecter, las respuestas de Duch lograron cautivar la atención de 39 mil visitas en la página web de El País, el día en que las publicó.
Cuando Pellizzari indaga en la mente de Duch, este comienza a relatar una de las obsesiones de los jémeres rojos: ver enemigos y más enemigos en todas partes. Las órdenes eran claras: torturar hasta que los prisioneros se declararan culpables. Un guardia martirizó a una joven hasta tal extremo que ella se confesó agente de la CIA, con instrucciones de defecar sobre los cultivos camboyanos.
Sus palabras describen un regimen con una idea fija: el enemigo externo e interno. Sus líderes estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para transformar el país en una sociedad arrocera, sin propiedad privada, ni moneda, ni mercado, con la familia y la individualidad estatizadas.
Esa locura, ha reportado el periodista español de El País, Juan José Aznárez, dejó una huella imborrable en la sociedad: 30 por ciento de los doce millones de habitantes de Camboya sufre de estrés postraumático. Y 40 por ciento padece ansiedad y pesadillas.
Los líderes que llevaron adelante esta pesadilla han muerto ya, como es el caso de Pol Pot. Falleció de un ataque al corazón, con la idea de que todo lo que ocurrió entre 1975 y 1979 fue necesario para salvar a Camboya de los vietnamitas, de los soviéticos y de los imperialistas, y también de los títeres locales.
Duch será uno de los pocos que podrán ser juzgados como se lo merecen, a pesar de que algunos observadores piensan que no es de los culpables que organizó el genocidio, quienes hasta la fecha no han pagado pena alguna. A diferencia de lo que suele ocurrir en el cine, en la vida real los malos casi siempre se salen con la suya.
¿A quién pertenecen? A un hombre enceguecido con las ideas sobre el destino de sus pares, un matemático que pasará a la historia por haber participado, a lo largo de 40meses, en el genocidio de toda la clase intelectual de su país, 17 mil camboyanos. Su nombre es Kang kek Ieu, alias Duch.
Tenía 25 años cuando ingresó en la clandestinidad. Camboya estaba corrompida y el comunismo ofrecía tantas promesas como una mujer joven enamorada. Cuando los jémeres rojos -dirigidos por el camarada Pol Pot- tomaron el poder en 1975, escogieron a este hombre para que dirigiera la escuela Tuol Sleng, conocida también como S21, que se transformó en el centro de tortura y ajusticiamiento más implacable del país: quien entraba como prisionero debía ser destruido psicológicamente.
Duch deberá responder por crímenes de lesa humanidad ante un tribunal compuesto por juristas camboyanos y de la Organización de las Naciones Unidas. Hay que entender que las justicia tarda en llegar: diez años y 40 millones de euros es el tiempo y el costo de poner en marcha este juicio.
Hoy se encuentra en una cárcel de la ONU, pero por ocho años permaneció recluido en una prisión camboyana. Tiene 66 años y gusta protegerse tras la manida excusa de que recibía órdenes. “Habría muerto si las hubiera desobedecido. No lo hice por gusto’’. Algo que por cierto no está muy claro.
Duch odiaba el capitalismo y estuvo de acuerdo en la idea de que Camboya debía aislarse para su refundación. Por eso apoyó que con la llegada de la revolución al poder, se estableciera el comienzo del año O.
Ese momento coincidió con el envío de toda la población urbana a limpiarse las tendencias burguesas y reeducarse al campo, donde fueron trasladados a trabajar en arrozales. Con esas ideas de un maoísmo extremo, agrarista y xenófobo exterminaron a 1,7 millones de camboyanos.
El pasado 10 de febrero el periodista italiano Valerio Pellizzari, corresponsal del Il Messaggero de Roma, logró entrevistarlo en su celda de la ONU, en Phnom Penh. Su impresión ha sido la de estar frente a la banalidad del mal. Mezcla de monje budista y Hannibal Lecter, las respuestas de Duch lograron cautivar la atención de 39 mil visitas en la página web de El País, el día en que las publicó.
Cuando Pellizzari indaga en la mente de Duch, este comienza a relatar una de las obsesiones de los jémeres rojos: ver enemigos y más enemigos en todas partes. Las órdenes eran claras: torturar hasta que los prisioneros se declararan culpables. Un guardia martirizó a una joven hasta tal extremo que ella se confesó agente de la CIA, con instrucciones de defecar sobre los cultivos camboyanos.
Sus palabras describen un regimen con una idea fija: el enemigo externo e interno. Sus líderes estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para transformar el país en una sociedad arrocera, sin propiedad privada, ni moneda, ni mercado, con la familia y la individualidad estatizadas.
Esa locura, ha reportado el periodista español de El País, Juan José Aznárez, dejó una huella imborrable en la sociedad: 30 por ciento de los doce millones de habitantes de Camboya sufre de estrés postraumático. Y 40 por ciento padece ansiedad y pesadillas.
Los líderes que llevaron adelante esta pesadilla han muerto ya, como es el caso de Pol Pot. Falleció de un ataque al corazón, con la idea de que todo lo que ocurrió entre 1975 y 1979 fue necesario para salvar a Camboya de los vietnamitas, de los soviéticos y de los imperialistas, y también de los títeres locales.
Duch será uno de los pocos que podrán ser juzgados como se lo merecen, a pesar de que algunos observadores piensan que no es de los culpables que organizó el genocidio, quienes hasta la fecha no han pagado pena alguna. A diferencia de lo que suele ocurrir en el cine, en la vida real los malos casi siempre se salen con la suya.


1 comentarios:
ay, cabrón, ojalá nunca me encuentre al tal Duch en la calle o en un sueño,
ja
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