
Se estrena finalmente
en Venezuela
La vida de los otros
Por fin llega a las pantallas de Venezuela una de las mejores películas alemanas y europeas en muchos años, La vida de los otros (de Florian Henckel von Donnersmarck). Anexo a esta noticia breve sobre su estreno, un capítulo de mi libro Gente que necesita terapia, que trata del tema de la Stasi.
El sábado pasado fue exhibida La vida de los otros en una sesión de preestreno, en una de las salas del Centro Plaza de Caracas. La Asociación Civil Ciudadanía Activa, cuyo lema es "Promovemos ciudadanos activos en el ejercicio de los derechos y deberes, en democracia y libertad'', auspicio esta función para recaudar fondos y estimular el debate de las ideas en Venezuela.
Cabe destacar aquí que el contexto en el que se mueve la trama de La vida de los otros es la opresión que vive Alemania del Este en los años del comunismo, antes de la caída del muro de Berlín (1989). En estos tiempos oscuros, la policía secreta comunista, Stasi, llevaba un control severo y obsesivo de los ciudadanos alemanes que consideraban sospechosos de ser con spiradores, traidores o de querer simplemente escapar. Hay investigadores que aseguran que todos las personas que vivían del lado de adentro del muro eran estrictamente vigiladas. Cuando se abrieron estos archivos, muchos familiares descubrieron que sus padres, madres o hermanos habían sido delatores, lo que produjo la ruptura o destrucción de esos lazos familiares.
Timothy Garton Ash ha relatado cómo fue víctima de la vigilancia y delación de sus propios amigos, cuando él residía en Berlín en los años setenta. De esa experiencia publicó un libro, El expediente. Algo similar ha recordado el escritor mexiano Juan Villoro, de su estacia en Alemania, cuando fue enviado por la cancillería de su país para ocupar un cargo diplomático que mantuvo en los tiempos del gobierno de Eric Honeker.
-S.D.
Nobleza obliga
Dos mitos del siglo veinte, que tendieron su sombra de enigmas y desconfianzas sobre el mundo socialista europeo y soviético, volvieron a ser noticia en 1998, como si hubieran querido despojarse de las pesadas cargas de la historia y sentirse más libres. El enigmático espía alemán Markus Wolf (1923) fue encarcelado después de negarse a delatar -ante un tribunal de Frankfurt- a uno de sus viejos colaboradores.
Los apellidos a veces dicen más de lo que nombran. Wolf define a los lobos en las lenguas de Goethe y Shakespeare. Como buen animal, inteligente y feroz, con cierto aire intelectual y 75 años, Markus, ex jefe de la agencia de espionaje de la República Federal Alemana, Stasi, prefirió pasar unos días en la sombra antes que declarar si el acusado Gerhard Fläming era el personaje Julius que aparecía en sus memorias. A su edad y con los vientos que corren en el mundo, una afirmación suya no habría desencadenado ninguna tormenta. Pero prefirió guardar silencio.
Wolf representa un arcaísmo empaquetado para catalogar en un museo de la intolerancia del siglo veinte, un emblema de cierto espionaje que se niega a cambiar con los tiempos modernos. Aferrado a las glorias del pasado (haber provocado la caída del canciller Willy Brandt, por citar una de sus hazañas), este paquidermo se mantiene fiel al gimnasio, corre todos los días, desconfía cuando entra a un restaurant o cuando enciende el motor del automóvil, y extraña -con cierta respiración romántica- las acciones encubiertas en ciertos territorios de riesgo.
Pero sabe también que su tiempo ya se convirtió en nostalgia y es capaz de guiñarle el ojo a la historia: demostró que conoce al pie de la letra los códigos de honor de los espías y no va a hipotecar su leyenda con una delación de última hora.
El otro fenómeno sorprendente que entró en los medios de comunicación de todo el planeta con furia fue el entierro imperial que llevó a cabo el gobierno de Boris Yeltsin de los restos del último zar de Rusia, Nicolás II. La ceremonia ocurrió el 17 de julio de 1998 (ochenta años después de que fuera fusilado junto a su esposa, sus cinco hijos, un médico y tres empleados personales). Y se desarrolló en una de las catedrales más deslumbrantes del mundo, San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, la capital que Pedro El Grande levantó hacia 1703 en el delta del río Neva. Y contó con la presencia de dos descendientes: el príncipe Nicolás Romanov y su hermano Dimitri.
Las campanas de la catedral se dejaron escuchar con ímpetu, suerte de música de fondo de un ajuste de cuentas largamente esperado. Los cañones dispararon 19 salvas (nunca 21, por la abdicación de Nicolás II), y siete popes y cinco diáconos oficiaron el funeral. Todos los políticos presentes bajaron la cabeza en señal de respeto. Así lo reportó el periodista Luis Matías López, del periódico español El País. Los huesos de las víctimas fueron trasladados desde los sarcófagos de cristal hacia pequeños ataúdes de roble del Cáucaso, que fueron depositados junto a las 32 tumbas de la familia Romanov, en la capilla Santa Catalina. Falta aún el ingreso de Pedro El Grande en ese espacio resguardado por el mármol y el bronce: sus restos reposan en la catedral del Arcángel, en el corazón del Kremlin en Moscú.
LO QUE SE PIERDE. Algunas personas resultan irremediablemente siniestras: invierten recursos económicos, pero también tiempo, energía y obsesividad, en empresas enrevesadas, oscuras o malévolas, muchas veces desde las esferas gubernamentales, que no conducen a ninguna parte. Así lo demuestran algunos registros encontrados en las cenizas de Europa del Este y la Unión Soviética. El historiador estadounidense Robert Massie divulgó en su libro, The Romanovs (The Final Chapter, Ballantine, 1995), inverosímil historia de las investigaciones que descubrieron los huesos de la familia Romanov y las peleas que se generaron alrededor de este hallazgo entre las diferentes competencias. Como si una maldición hubiera lanzado un soplo de mala suerte sobre quienes intentaban rastrear las huellas del pasado.
Todo comenzó el 4 de julio de 1918, cuando la familia real fue trasladada hacia la ciudad de Ekaterimburgo, en los montes Urales. Inicialmente, el gobierno provisional que había suplantado a los zares en 1917 mantuvo bajo arresto domiciliario a Nicolás II y Alexandra, junto a sus hijos, en el Palacio Alexander. Existía la idea de enviarlos al exilio en Inglaterra. Pero el rápido ascenso de los bolcheviques cambió la historia. Decidieron trasladarlos a la casa del comerciante Nikolai Ipatiev, en Ekaterimburgo. Allí permanecieron por trece días sin conocer su destino.
El 17 de julio de 1918 un oficial soviético, Yakov Yurovsky, a la cabeza de un pelotón de fusilamiento, despertó a la familia imperial a la medianoche, leyó la sentencia a muerte, y antes que nadie pudiera entender lo que allí ocurría dio la orden de disparar a Nicolás II, la zarina Alejandra, los hijos (Olga, Tatiana, Anastasia, Alexei y María), el médico Yevgueni Botkin), el valet (Alexei Trupp), el cocinero (Ivan Jaritonov) y la doncella (Ana Demídova). El testimonio de los soldados refiere que las balas rebotaban en los cuerpos de las duquesas. Esto los desesperó. Su ropa se encontraba rellena de nueve kilos de joyas y diamantes. Ni siquiera las bayonetas resultaron efectivas. Tuvieron que dispararles en la cabeza.
La ceremonia de exterminio fue un acto despiadado y brutal, una suerte de rito con el que se hubiera querido enterrar décadas de ignominia. Los cuerpos fueron golpeados con las cachas de las armas para desfigurarlos. Más tarde los arrojaron como bolsas de papas en un pozo hondo y los rociaron con ácido. Yakov Yurovsky confesó haber quemado por lo menos uno de los cadáveres. Sobrevivió a esta masacre un dedo, que la iglesia ortodoxa conserva como el único rastro de la brutalidad de los comunistas sobre el cuerpo de los zares.
HILOS DE ARAÑA. En junio de 1977, muchos años después de que esta casona albergara a disidentes y monárquicos trasnochados, fue demolida por órdenes del presidente Leonid Brezhnev bajo la supervisión de un funcionario poco conocido en ese momento, Boris Yeltsin. Dos años más tarde, en 1979, el geólogo Alexander Avdonin y el director de cine, escritor de novelas policiales y detective, Geli Ryabov, descubrieron donde se encontraban los restos de la familia Romanov.
Pero este hallazgo se mantuvo en silencio a lo largo de doce años. Recién en 1991 el gobierno de la ex Unión Soviética decidió identificar los huesos, para luego estudiar qué hacían con ellos. Entonces surgieron otras revelaciones: aparecieron catorce balas; los esqueletos correspondían a nueve cadáveres y no a once, como era previsible según la leyenda histórica. La desconfianza se apoderó de los herederos que no creían nada de lo que les contaban.
Los traslados y estudios de estos restos provocaron conflictos entre las oficinas de Moscú, San Petersburgo y Ekaterimburgo (en cuál de las tres ciudades quedarían los restos, cuál de ellas se aprovecharía del turismo); entre los diferentes equipos de identificación radicados en Rusia (el doctor Sergei Abramov), Inglaterra (el doctor Peter Gill) y Estados Unidos (el doctor William Maples), que nunca terminaron de ponerse de acuerdo; entre la Iglesia Ortodoxa Rusa y la Patriarcal, que diferían de opiniones sobre las tumbas en donde debían enterrarse los huesos y los rituales que era necesario seguir.
A estos conflictos se sumaron otras divergencias, más humanas que científicas. Dos bandos de nietos y bisnietos dejaron de hablarse entre sí. Un ex Romanov se negó a dar muestras de su sangre a un equipo investigador que rastreaba las moléculas DNA en los restos porque los exámenes se llevarían a cabo en Inglaterra, el país que se negó a darle asilo a los zares en 1917. Robert Massie revela a lo largo de su libro la insensatez de una empresa inútil que intenta iluminar el pasado y solo logra oscurecer el presente con hilos de araña que atraviesan un siglo entero.
YO SOY ESPIA. Algo similar demuestra Tina Rosenberg en su exhaustivo trabajo The Haunted Land (Vintage, 1995), quien revisa con los ojos del periodismo y la sociología el poscomunismo en Europa. Con esta investigación obtuvo el premio Pulitzer. La escritora se detuvo en uno de los aspectos siniestros de la República Democrática Alemana (conocida como Alemania Oriental) mientras existió como país independiente hasta 1989: la policía secreta o Stasi; siglas del Ministerio para la Seguridad Estatal, oficina que debía vigilar a 16.661.423 habitantes (según estadísticas de 1988).
Hombres oscuros llegaron a fichar a seis millones de alemanes, con la eficiencia que enorgullecía a Hitler. El complejo de la Stasi en Normannestrasse, distrito de Lichtenberg, en Berlín, poseía 41 edificios de concreto marrón, junto 181 casas reservadas, 305 hogares de veraneo, 98 instalaciones deportivas y 18 mil apartamentos, todos destinados a encuentros con delatores. Su presupuesto alcanzaba la cifra de cuatro mil millones de marcos alemanes. Lo que permitía pagarle a 97 mil empleados, entre los que se destacaban 2171 lectores de correspondencia ajena, 1486 grabadores de conversaciones telefónicas, 8426 personas que monitoreaban conversaciones y trasmisiones radiales y TV. A ese personal fijo, se sumaba 110 mil colaboradores extraoficiales y un millón de delatores ocasionales, a quienes se les pagaba con dinero o especies. Las 39 secciones de trabajo incluían una, dedicada sólo a investigar a los empleados de la Stasi. Después del ejército, se convirtió en el programa de empleos más eficaz de Alemania.
Esta operación de espionaje llegó a reunir un tarjetero de un kilómetro y medio. En su conjunto total, los archivos de la Stasi alcanzaban 200 kilómetros, pesaban 50 toneladas por kilómetro y medio, y tenían 62 mil 500 toneladas. Sólo las tarjetas del apellido Müller ocupaban noventa kilómetros. Sus agentes introdujeron micrófonos en los asientos de la Opera de Dresden y en los confesionarios de la iglesia católica, cámaras en baños públicos, expedientes abiertos a quienes consultaban en bibliotecas públicas manuales de alpinismo o viajes en globo, alternativas todas para escapar del Muro de Berlín.
La información que llegó a acumularse era tan obsesiva como insignificante. Era posible conocer donde guardaba una plancha en su casa la camarada Ana, cuantas cervezas al día se bebía el camarada Jurguen, el precio del almuerzo del camarada Heinz en un puesto callejero cerca de la estación Friedrichstrasse, cuantas veces a la semana el camarada Carlo sacaba la basura a la calle y el color de las medias que utilizaba. Los espías que andaban por otras ciudades reportaban la forma de vestir de los bibliotecarios de Stuttgart, y como se comportaban en la mesa los huéspedes de los hoteles de Zurich. Todo era digno de ser catalogado y todo podía servir para la causa.
Los oficiales de la Stasi hurgaban en los potes de basura para establecer modos de vida y costumbres íntimas, solicitaban respaldo de cada uno de los préstamos de las bibliotecas públicas, y fotografiaban todos los graffiti que aparecían en las calles. No existía un solo rumor que quedara fuera de análisis y sospecha. En el edificio central de esta organización existía una biblioteca de olores. Miles de frascos se encontraban allí, con pedazos de ropa interior de los disidentes, para que los perros entrenados identificaran a los autores de los panfletos de protesta contra el régimen socialista.
Uno pude comprender porque los agentes de la Stasi hacían este trabajo. Creían en el régimen político o en el sueldo que los mantenía. Pero cómo explicar a la gente que delataba a su familia, a su vecino, a su compañero de clase. David Gill, un disidente que tuvo un papel importante después de la caída de la Stasi, le confesó a Tina Rosenberg que la gente delataba por razones pequeñas, como siempre ocurre. “Lo hacían por dinero, por un apartamento en Berlín...’’ Otros cantaban por conservar sus empleos, por cambiar la forma de vida de Alemania, por mejorar la comunicación entre la Iglesia y el Estado.
DAÑOS COLATELARES. Entre 1989 y 1990 parte de la documentación asentada en la Stasi fue destruida por jefes en fuga. El Parlamento votó a favor de la destrucción del disco duro, donde se encontraban guardados los registros centrales de la Stasi, la memoria intrascendente de la vida de 16 millones de personas. “Teníamos miedo que con la reunificación viniera la CIA’’, justificó un disidente ambientalista. De todas maneras la apertura pública de estos archivos ocurrió el 2 de enero de 1992 y conmocionó al país. Se imprimieron planillas para quienes deseaban acceder a los expedientes. Esta revelación desató una cadena de crisis individuales y colectivas: muchos ciudadanos advirtieron que habían sido delatados durante años por padres, hijos, cónyuges, hermanos, socios... La estampida acabó con miles de familias y amistades alemanas.
Una ciudadana descubrió con horror que quien había informado su vida privada sin ningún reparo había sido su esposo. Otro descubrió por qué había pasado dos años horrorosos en prisión: su propio padre había denunciado que su hijo tenía deseos de escapar de Alemania oriental. Cuando leyó su expediente, lo demandó. Aparecieron casos de gente que delataba por unas pocas piezas de plata o porque tenían la extraordinaria oportunidad de vengarse de un rival. Como refiere Tina Rosenberg, era extraordinario lo poco que hacía falta para convertir a un alemán en policía.
La depravación que alcanzaron algunas prácticas parecen sólo posible en novelas con tramas fantásticas. Una pareja advirtió mucho tiempo después la razón de los problemas que comenzaron a minar su relación: la Stasi enviaba hombres cuando el marido no estaba en casa para que se hiciera amigo de la mujer y generara dudas en la relación. También lograron que la directora de la escuela donde estudiaba su hijo le llenara la cabeza con ideas en contra de sus padres.
El ciudadano Wolfgang Templin descubrió después de 1989 las razones por las que su familia perdió la razón. Cada día cerca de cincuenta personas golpeaban la puerta de su casa. Acudían a comprar objetos que supuestamente se encontraban en venta: condones, guacales con pollos vivos, etcétera. Albañiles preguntaban donde se encontraba la cabaña que deseaban renovar. Se acercaban vendedores de cachorros schnauzer que valían demasiado dinero. Cotidianamente, llegaban miles de postales con gangas para comprar. Todo siempre traía una advertencia. “Toquen fuerte la puerta, mamá es sorda’’. A este tipo de extravagancia se dedicaban los psicólogos de la Stasi, entrenados para desequilibrar a la gente y colocarla en situación de ser delatada o de delatar a otros.
Tina Rosenberg rescata en su libro la parábola de un cuento de Jorge Luis Borges, “La lotería de Babilonia’’ (Ficciones, 1944). Lo escoge porque allí la ficción crea una lotería que termina por convertirse en una Compañía todopoderosa que rige los destinos de la gente. Si alguien muere asesinado, el agente encargado de ejecutar esa misión podía seguir las órdenes de la lotería. Al final el narrador se pregunta si la compañía existiría realmente o si habría desaparecido dejando en su lugar al destino. Borges escribió ese texto antes de 1944, lo que quiere decir que sus palabras fueron una premonición de lo que más tarde los alemanes orientales conocerían como Stasi, lotería secreta de la que nadie nunca logró salir ileso.
CODA. ¿Cuáles son las sombras que tienden las historias de los Romanov y la Stasi sobre el presente más inmediato? Una descendiente curiosa de 43 años, que vive en Madrid, y no tiene dinero ni oficio conocido. Si un codazo del azar, tan improbable como frívolo, recompusiera la monarquía en la tierra de sus ancestros, María Vladimirovna Romanov, jefa de la Casa Imperial de Rusia, sería coronada zarina. Tendría la singularidad de los tiempos que corren: María es castiza y divorciada. Lo que no debe alarmar a nadie si se detalla el prontuario de una familia que no se parece a ninguna otra.
De la Stasi tal vez el vestigio más iracundo sea el espía Markus Wolf, quien fuera jefe del servicio de espionaje exterior de esta organización. Sus próximos pasos ocurrirán en una prisión, lo que agrandará aun su mito de personaje inclasificable. Luego volverá a promocionar sus Memorias.
Para esta actividad ha escogido con sabiduría unos compañeros de ruta inigualables: una ex agente que infiltró en el contraespionaje alemán occidental y antiguo enemigo que siempre denunciaba las atrocidades de la Stasi. Cuando le preguntaron donde quería presentar el libro en Bonn, no dudó en responder que en el salón de actos del Museo de Historia.
Al frente se encuentra la Cancillería, donde en el pasado Wolf asestó el más duro golpe de su carrera: la caída del canciller Willy Brandt, después de que se descubriera que en su oficina trabajaba el espía oriental Günter Guillaume. El corazón del bloque comunista desapareció de Occidente, pero pareciera que ciertos restos gozan de buena salud. Si no que le pregunten a los magnates de la fórmula 1, que han contratado a los ex agentes de las dos alemanias para reconvertir las mañas de la guerra fría en el más nuevo y eficaz espionaje industrial.