miércoles, febrero 20, 2008

Este aviso puede cambiarle la vida



Ahora El Librero llega a su casa
y trae regalos inesperados


Desde esta semana se pone en marcha una promoción que llevará la revista El Librero a todos los hogares de los lectores que hasta ahora buscaban las revistas en las librerías de todo el país. Después de recibir llamadas telefónicas, correos electrónicos y cartas en físico, con solicitudes de los seguidores de la revista que no encontraban la revista mes a mes, se decidió abrir una suscripción para aquellos lectores que desean recibirla en casa. Tan sólo por 148 bolívares fuertes. Diez números al año. Con entrevistas, reseñas de libros, actualización sobre las novedades que ingresan en las librerías venezolanas, y curiosos aspectos del oficio de los libreros. Con excelentes lecturas: la única edición hispanoparlante de los textos del suplemento dominical The New York Times Book Review y la revista mensual The New York Times Review of Books. Todo esto llegará a sus manos. Y hay más: obsequios valiosos. Libros que enriquecerán sus puntos de vista y mirada del mundo. No se lo pierda. Llame ya al 0212 283.1301. Esta llamada será una sorpresa para usted.

martes, febrero 19, 2008

En Air Europa las mujeres son importantes



María José Hidalgo reconoce
que en los aviones se come mal

Aunque en Venezuela Air Europa aún no tiene el liderazgo que ha logrado desarrollar Iberia como marca para volar a España, la aerolínea de Globalia ha crecido con el tiempo. Cuando la adquirió el padre de María José Hidalgo, la empresa tenía apenas 10 aviones y se encontraba atravesada por deudas e incógnitas. Hoy cruza los cielos con 42 aviones, posee 40 líneas regulares por todo el mundo, y mantiene en su nómina a 3000 trabajadores. De esa plataforma, 800 son mujeres. Número que sale de la boca de María José Hidalgo con orgullo. Ella hoy es su directora general. Ý así se lo cuenta en una entrevista que publica El País de España en su sección Almuerzo con...

En un mundo empresarial donde los hombres sirven la mesa, ella ha luchado a brazo partido para hacerse respetar. Air Europa posee una escuela de formación de técnicos de aeronaves (20 por ciento de esos trabajadores ya son mujeres), y entre el universo de la tripulación, donde se destacan 150 pilotos, 50 comparten el sexo de Hidalgo. Sus azafatas han sido las primeras en llevar pantalones. Y los logros no se quedan ahí: las mujeres de esta empresa pueden elegir horarios para concilian las exigencias de la casa y el futuro profesional. Para muestra se encuentra Hidalgo: acaba de comprar ocho aviones boeing 787-8 Dreamliner, que cuestan 890 millones de euros. La presión de esta negociación no le ha quitado ni un minuto de su cabeza la preocupación que siente por la fiebre que tiene su hija desde hace tres días.

Hidalgo siente placer por lo que hace: ese pareciera ser el secreto de su éxito. Por eso quiere desarrollar un plan para tomarle fotos a las maletas de sus vuelos. Cuando se pierdan, colgarán las imágenes en Internet, para tratar de que el pasajero sufra menos con estos percances. Y admite que en los aviones se come mal. Muchos piensan que esa realidad gastronómica se la debemos al 11 de setiembre. Habría que ver.

lunes, febrero 18, 2008

El Nouveau Roman le dice adiós



Fallece Alain Robbe-Grillet,
renovador de la novela francesa

Tenía 85 años y se mantuvo terco hasta el final. Murió en un hospital del noroeste de Francia, en Caen, afectado por problemas cardíacos. Había nacido en Brest (Bretaña) el 18 de agosto de 1922. Aunque poseía una formación sólida en letras clásicas, se graduó de ingeniero agrónomo, con conocimientos importantes en matemáticas y botánica. Trabajó en el Instituto de Estadística de Francia, antes de ser enviado a Marruecos, Guinea y el Caribe Francés, en los años cincuenta, como especialista en las enfermedades del banano.

Elegante, con un aspecto aristogrático y una finura en el hablar, que dejaba siempre en el ambiente el olor de la polémica, defendió sus ideas con garra. Muchos lo consideraron un escritor sin valor real, pero su empeño y coherencia hicieron posible el reconocimiento y la valorazación en el universo cultural del planeta.

Su primera novela (Un régicide) fue el comienzo de una historia de rechazos que marcaría su vida literaria. Autor de una obra que se inscribió en el camino del Nouveau Roman, movimiento conocido como la escuela de la mirada, del cual se convirtió en máxima referencia junto Nathalie Serraute, su literatura apostó por un objetivismo extremo que muchas veces dejó fuera al lector. Pero al final impuso una marca. Que se rebeló contra el conservadurismo en todas las artes (en el cine fue la nouvelle vague).

Y dejó huella profunda en el mundo de las adaptaciones de literatura al cine, con la versión (nunca declarada oficial) de La invención de Morel del argentino Adolfo Bioy Casares al séptimo arte, de la mano de Alain Resnais (El año pasado en Mariembad, 1961). También firmó los guiones de L'Immortelle y La Belle Captive.

De su inteligencia salieron una quincena de obras que marcaron la literatura contemporánea: Les gommes, Le voyeur (con la que llegó el éxito), La jalousie, Por un nouveau roman... En el año 2004 fue declarado miembro de la Academia Francesa. No pronunció el discurso de orden. Ni se sentó en su silla.

Su última novela, Un roman sentimental, apareció en 2007. Los editores presentaron el libro envuelto en plástico. Los lectores no pudieron hojearlo en las librerías. Liberation escribió: "Un gato encerrado en una pajarera, atrapado en la trampa de su casa''. Murió con las botas puestas.
-S.D.

domingo, febrero 17, 2008

El banquillo de los acusados



La lógica del genocida

Las siguientes ideas pueden resultarle familiares a mucha gente. “La revolución no desea más que una felicidad sencilla: la del campesino que se alimenta con el fruto del trabajo, sin necesidad de los productos occidentales que le han convertido en un consumidor dependiente’’. La palabra campesino y pueblo son intercambiables en este contexto, sin problemas. De acuerdo a este pensamiento paranoico, los elementos básicos a los que puede aspirar un revolucionario no son otros que un reloj, una bicicleta y una radio.

¿A quién pertenecen? A un hombre enceguecido con las ideas sobre el destino de sus pares, un matemático que pasará a la historia por haber participado, a lo largo de 40meses, en el genocidio de toda la clase intelectual de su país, 17 mil camboyanos. Su nombre es Kang kek Ieu, alias Duch.

Tenía 25 años cuando ingresó en la clandestinidad. Camboya estaba corrompida y el comunismo ofrecía tantas promesas como una mujer joven enamorada. Cuando los jémeres rojos -dirigidos por el camarada Pol Pot- tomaron el poder en 1975, escogieron a este hombre para que dirigiera la escuela Tuol Sleng, conocida también como S21, que se transformó en el centro de tortura y ajusticiamiento más implacable del país: quien entraba como prisionero debía ser destruido psicológicamente.

Duch deberá responder por crímenes de lesa humanidad ante un tribunal compuesto por juristas camboyanos y de la Organización de las Naciones Unidas. Hay que entender que las justicia tarda en llegar: diez años y 40 millones de euros es el tiempo y el costo de poner en marcha este juicio.

Hoy se encuentra en una cárcel de la ONU, pero por ocho años permaneció recluido en una prisión camboyana. Tiene 66 años y gusta protegerse tras la manida excusa de que recibía órdenes. “Habría muerto si las hubiera desobedecido. No lo hice por gusto’’. Algo que por cierto no está muy claro.

Duch odiaba el capitalismo y estuvo de acuerdo en la idea de que Camboya debía aislarse para su refundación. Por eso apoyó que con la llegada de la revolución al poder, se estableciera el comienzo del año O.

Ese momento coincidió con el envío de toda la población urbana a limpiarse las tendencias burguesas y reeducarse al campo, donde fueron trasladados a trabajar en arrozales. Con esas ideas de un maoísmo extremo, agrarista y xenófobo exterminaron a 1,7 millones de camboyanos.

El pasado 10 de febrero el periodista italiano Valerio Pellizzari, corresponsal del Il Messaggero de Roma, logró entrevistarlo en su celda de la ONU, en Phnom Penh. Su impresión ha sido la de estar frente a la banalidad del mal. Mezcla de monje budista y Hannibal Lecter, las respuestas de Duch lograron cautivar la atención de 39 mil visitas en la página web de El País, el día en que las publicó.

Cuando Pellizzari indaga en la mente de Duch, este comienza a relatar una de las obsesiones de los jémeres rojos: ver enemigos y más enemigos en todas partes. Las órdenes eran claras: torturar hasta que los prisioneros se declararan culpables. Un guardia martirizó a una joven hasta tal extremo que ella se confesó agente de la CIA, con instrucciones de defecar sobre los cultivos camboyanos.

Sus palabras describen un regimen con una idea fija: el enemigo externo e interno. Sus líderes estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para transformar el país en una sociedad arrocera, sin propiedad privada, ni moneda, ni mercado, con la familia y la individualidad estatizadas.

Esa locura, ha reportado el periodista español de El País, Juan José Aznárez, dejó una huella imborrable en la sociedad: 30 por ciento de los doce millones de habitantes de Camboya sufre de estrés postraumático. Y 40 por ciento padece ansiedad y pesadillas.

Los líderes que llevaron adelante esta pesadilla han muerto ya, como es el caso de Pol Pot. Falleció de un ataque al corazón, con la idea de que todo lo que ocurrió entre 1975 y 1979 fue necesario para salvar a Camboya de los vietnamitas, de los soviéticos y de los imperialistas, y también de los títeres locales.

Duch será uno de los pocos que podrán ser juzgados como se lo merecen, a pesar de que algunos observadores piensan que no es de los culpables que organizó el genocidio, quienes hasta la fecha no han pagado pena alguna. A diferencia de lo que suele ocurrir en el cine, en la vida real los malos casi siempre se salen con la suya.

viernes, noviembre 09, 2007

Los dilemas del capitalismo oriental


Confesiones de un escritor chino
que viajó por la intolerancia

Kang Zhengguo

Debido a mi básico amor por la literatura y la escritura, he pasado una vida entera de persecuciones a manos de los comunistas chinos. Descubrí aquellas pasiones cuando era un niño, haciendo oídos sordos a las advertencias de mis mayores sobre los riesgos de esas aparentemente inocuas ocupaciones en el absurdo mundo de la China de Mao.

En 1964, cuando tenía veinte años de edad, los comunistas me incluyeron en una lista negra como un “reaccionario”, un término genérico para cualquiera que no acatara la disciplina, y trataron de instilar penitencia a través de confesiones forzadas y duros castigos. Por el “crimen” de mantener un diario personal fui expulsado de la universidad y consignado a casi cuatro años de trabajo forzado en una fábrica de ladrillos manejada por la policía. Luego fui sentenciado a tres años en el gulag chino por mi ingenuo intento de obtener una copia de Doctor Zhivago, escribiéndole a la Biblioteca de la Universidad de Moscú.

Durante la era posterior a Mao, mi inconformismo y pasión por la literatura continuaron trayéndome problemas, hasta que emigré a Estados Unidos como un profesor del idioma chino en 1994. Aun así, cada vez que visito mi país de origen, todavía me encuentro sometido al acoso policial.

La primera vez que pasó esto fue en junio de 2000, durante un viaje a mi pueblo natal de Xi'an para visitar a mi madre. Me arrestaron y detuvieron en un hotel acusándome de subvertir la seguridad del Estado por enviar por correo a mis amigos en el país publicaciones disidentes, como por ejemplo el periódico pro democracia Beijing Spring. Desafiando las advertencias para que cooperara, utilicé el teléfono de mi habitación del hotel para buscar ayuda en el mundo exterior. Aunque tenía tarjeta de residencia de Estados Unidos, todavía era un ciudadano chino, y fue necesaria la intervención del Departamento de Estado estadounidense a un alto nivel para gestionar mi liberación tres días más tarde. Pero la policía no me dejó ir sin antes obligarme a hacer una humillante falsa confesión.

Comprendiendo que mi ciudadanía china no me ofrecía garantías de seguridad personal, me convertí en un ciudadano norteamericano inmediatamente después de mi retorno a Estados Unidos. No estaba muy dispuesto a volver a China, pero estuve obligado a hacerlo cuando hospitalizaron en la primavera pasada a mi envejecida madre.

Cuando llegué a Xi'an, me sorprendió cuánto había cambiado China durante los siete años que yo había estado afuera. Las ciudades, con sus nuevos edificios de departamentos, supermercados, autopistas y automóviles, contaban con un estándar de vida que rivalizaba con el de los países desarrollados de Europa y de América. Orgullosos de su riqueza recién conseguida, mis amigos y parientes se encogían de hombros frente a mis advertencias sobre la persistencia de graves problemas sociopolíticos.

Tal vez el más importante de ellos es que el gobierno chino continúa su lucha contra la libertad de expresión. Los medios de comunicación de masas, incluido internet, todavía son fuertemente censurados. Y muchas empresas extranjeras, como por ejemplo Google, se comprometen voluntariamente en la autocensura a fin de poder hacer negocios con los comunistas chinos.

Además, los escritores disidentes todavía viven con el miedo constante del acoso policial. Liao Yiwu, por ejemplo, que pasó cuatro años en el gulag chino por escribir poemas protestando la “Matanza de Beijing” del 4 de junio de 1989, ha resistido los intentos del partido de censurarlo tras su liberación. Obligado a abandonar su pueblo natal Chengdu a raíz de las amenazas de la policía, se ha autoexiliado en la remota provincia de Yunnan para continuar sus actividades literarias. Ha solicitado en seis ocasiones un pasaporte a fin de viajar al extranjero en respuesta a invitaciones de organizaciones literarias internacionales.

Cada pedido fue negado, dice, con el fundamento de que ese tipo de actividades “empañaría la reputación de China en el extranjero”.

Con estas opuestas impresiones sobre la China de hoy en día, cuando estaba regresando a Estados Unidos me detuve para visitar a mi hijo en Shanghai. Un par de días después de mi arribo, dos extraños que se identificaron como policías de civil pertenecientes a la oficina de Seguridad en Xi'an me abordaron afuera del edificio de departamentos de mi hijo, diciendo que querían llevarme a un hotel para una “conversación”. Antes de que pudiera contestar, uno de ellos me agarró del brazo. Conseguí soltarme y me lancé al edificio, cerrándole la puerta en las caras.

Tras subir a la carrera cinco pisos a través de las escaleras, hice una llamada telefónica de emergencia al consulado norteamericano. Yo era todavía un ciudadano chino cuando fui arrestado hace siete años, pero ahora tenía mi pasaporte y el consulado estaba en mejor posición para ayudar.

Mientras intentaba hablar por teléfono, entraron en el edificio los policías de civil y comenzaron a gritar y golpear violentamente en la puerta del departamento de mi hijo. Después de una media hora renunciaron y se fueron, pero a ellos les siguió ese anochecer una ristra de llamadas telefónicas amenazantes. Un “señor Wu” quería saber por qué yo no me había registrado en la oficina de Seguridad a mi llegada a Xi'an. Mi negativa a hablar con la policía había sido un acto criminal, me advirtió, y ellos iban a tomar más medidas si yo no me entregaba y aceptaba una “conversación”.

A la mañana siguiente mi hijo descubrió que un extraño había llamado varias veces a su teléfono celular durante la noche. Cuando él devolvió las llamadas, una voz dijo: “Dígale a su padre que sus acciones tendrán amargas consecuencias”.

Temeroso de demoras en Shanghai, cambié el pasaje de mi avión a fin de poder retornar a Estados Unidos esa misma tarde. El consulado de Estados Unidos envió un agente para protegerme en el aeropuerto. Tras mostrar un pase especial, me acompañó durante el paso a través de la aduana, me puso en el avión y se quedó parado vigilando a la salida hasta que la puerta de la cabina estuvo cerrada.

Mientras el avión iba despegando del flamante aeropuerto Pudong, en Shanghai, comprendí qué poco había cambiado China.

Yo tengo más revelaciones que hacer, pero no serán confesiones humillantes extraídas por los comunistas chinos. Desde ahora en adelante mi intención es avergonzarlos para que se reformen. Al mismo tiempo que prometen defender la ley, pisotean mis derechos pese a que soy un ciudadano estadounidense porque soy originalmente de descendencia china. Evidentemente, todavía continúa siendo un crimen negarse a “conversar” con la policía secreta.

Espero despertar una oposición internacional a ese tipo de prácticas a través de la publicación de mi historia, como lo hago con mi nuevo libro, Confessions: An Innocent Life in Communist China.

El entusiasmo a nivel mundial por hacer negocios con China ha despertado el interés en la cultura china en años recientes. Y las Olimpíadas de Beijing están atrayendo a multitud de turistas extranjeros a China. Espero que los visitantes extranjeros no permitan que el glamour del milagro económico de China los ciegue frente a su falta de democracia y a su falta de respeto por los derechos humanos. También espero que presionarán a China para que se reforme. De otro modo, los visitantes futuros podrían encontrar en China los mismos abusos que yo encontré.

(Kang Zhengguo enseña idioma y literatura china en la universidad de Yale. Su libro de memorias, Confessions: An Innocent Life in Communist China, fue publicado recientemente por W.W. Norton)

The New York Times Syndicate

domingo, noviembre 04, 2007

Hitchens lee a Rowling





Ya es hora de que Harry Potter
guarde la varita y la capa


Christopher Hitchens

Harry Potter and The Deathly Hallows
. J. K. Rowling. Ilustrado por Mary Grand Pr‚. 759 páginas. Arthur A. Levine Books/Scholastic. 34.99 dólares.

En marzo de 1940, a la “media noche del siglo” que marcó el momento más intenso del pacto Hitler/Stalin (o dicho de otra forma, el momento en que la civilización se vio amenazada por una alianza entre dos Voldemort o “Ya sabes quien”), George Orwell aprovechó el momento para analizar el estado de las cosas en la ficción de fantasía dirigida al público joven.

Lo que encontró (recogido en un ensayo titulado "Boys' Weeklies") fue un extraordinario grado de adicción a la historia ambientada en los internados británicos. Cada semana, los chicos (y chicas) de las barriadas pobres de pueblos industriales y de las periferias del Imperio anglohablante invertirían parte de su mesada para seguir las aventuras de Billy Bunter, Harry Wharton, Bob Cherry, Jack Blake y los otros transmigrantes de blazer de Greyfriars y St. Jim. Así, Orwell escribió:

"Está muy claro que hay decenas de miles de personas para quienes cada detalle de la vida en una escuela pública de clase alta es ferozmente estremecedor y romántico. Les tocó estar fuera de ese mundo místico de cuadrángulos y casas coloridas, pero pueden anhelarlo, soñar despiertos con él, vivir mentalmente en él durante horas y horas. La pregunta es ¿quiénes son estas personas?”.

Me habría gustado que los taciturnos veteranos de Eton y St. Cyprian hubieran podido estar conmigo la noche de la publicación de Harry Potter and the Deathly Hallows, cuando fui a una librería en Stanford, California, para recoger mi copia embargada en nombre de Book Review. Da igual que en la caseta donde dice “Obtenga los colores de su casa aquí” también se intercambie con clientes duchos en las tradiciones de Ravenclaw y Slytherin. Sobre el piso de la tienda, transformado en una versión del salón común de Gryffindor para la ocasión, docenas de niños permanecen sentados escuchando ávidamente la lectura de un imitador de Hagrid, bastante creíble por sus masivas dimensiones.

De un estimado de 2.000 personas en la terraza, probablemente un tercio se ha tomado la molestia de vestirse con togas perfectas y otras parafernalias relacionadas con Hogwarts o el quidditch. Muchos llevan una especie de rayo en sus frentes: Orwell se habría asqueado al ver el símbolo de la Unión Británica de Fascistas de Sir Oswald Mosley sobre frentes por lo demás inmaculadas, aunque el emblema ahora está amparado bajo sus nuevas asociaciones con la magia blanca. Y estos son los entretelones del circo que se ha esparcido por todo el mundo anglohablante e incluso el no anglohablante, cuando comienza la cuenta regresiva hacia la hora encantada.

Banalidad. Me gustaría mucho entender mejor este fenómeno. Parte de él debe estar relacionado con una banalidad y un conformismo extremo en la vida escolar tal como se desarrolla hoy, cuando todo está orientado a la seguridad, por una parte, y a la corrección por la otra. Pero por sí mismo no explicaría que mi hija menor hace algunos años, permaneciera sentada durante horas con su pequeño codo aplastando las páginas de un grueso libro, y soltando ocasionalmente una carcajada ante la apariencia de Scabbers la rata. (Se ha dicho que no todos los niños retienen el amor a la lectura que los libros de Harry Potter les han inculcado: esto no es cierto, al menos en mi casa).

Scabbers ha mutado en algo peor que una rata y el antiguo encanto de la metamorfosis es algo que J. K. Rowling ha explotado al máximo. Otro atractivo bien probado es el del huérfano/héroe, a quien también se le ha dado un entrenamiento intensivo sobre las privaciones al estilo Copperfield del héroe epónimo. Para Orwell, la historia de la escuela británica desde Tom Brown hasta Stalky and Co. de Kipling estaba íntimamente ligada con los sueños de riqueza, clase y esnobisnmo.

Rowling ha logrado deslastrarse exitosamente de estas consideraciones y nos ofrece un mundo de democracia juvenil y diversidad, en el cual la humilde figura estelar tiene un nombre que –aunque se le dio a un héroe marcial de Shakespeare y a un rey- también podría pertenecer a un funcionario de un sindicato inglés. Quizá la anglofilia sigue ejerciendo su encanto, pero si fuera uno de los pocos maestros sobrevivientes del anglosajón, me regocijaría ante la forma en que términos tales como muggle y Wizengamot, y nombres como Godric, Wulfric y Dumbledore, se han convertido en vocablos comunes. A este ritmo podría revivirse la enseñanza del Beowulf. Los numerosos encantamientos y maldiciones en latín también podrían ayudar a reavivar el interés en el estudio de una lengua “muerta”.

Pero la formula de la historia escolar también se reconoce en otras formas. Si un personaje francés o alemán, o de cualquier otra nacionalidad extranjera, aparece en las novelas de Harry Potter siempre es un cliché: Fleur y Krum hablan como si ser del “Continente” fuese un chiste en sí mismo. La prohibición de temas sexuales también se observa de manera bastante pedante, aunque con el transcurrir del tiempo Rowling probablemente ha adquirido lectores masculinos que se sorprenden teniendo pensamientos vagamente impuros con Hermione Granger (no así con Ginny Weasly, pero sólo porque de algún modo sería imposible).

Quizá lo más interesante, y tal como lo observa Orwell, es que la “religión” también es tabú. Aparentemente, estos estudiantes no saben nada sobre el Cristianismo. En esta última novela, Harry e incluso Hermione desconocen dos pasajes muy conocidos de la Biblia que encuentran en un cementerio. No obstante, el hecho de que los personajes principales tengan un fuerte código moral y un sólido compromiso ético será un misterio para algunos –como su santidad el papa y otras autoridades del clero quienes han cuestionado la serie- mientras que otros lo verán como algo normal. Con un discurso que suena tan convincente como una arenga de Kant o Russell, Hermione diserta en estos términos sobre algo llamado la Piedra de la Resurrección:

“¿Cómo puedo probar que no existe? ¿Ustedes esperan que tome todas las piedras del mundo y las pruebe? Es decir, se puede afirmar que algo es real si la única base para creerlo es que nadie ha probado que no existe?”

De dónde viene el mal. Pese a todo este secularismo acérrimo, es la ontología lo que finalmente amaina la tensión que debe haber mantenido vivos y elocuentes estos relatos. Los teólogos nunca han logrado responder al desafío del contraste de la simultaneidad de la omnipotencia y benevolencia en las afirmaciones de Dios: ¿de dónde viene el mal? La pregunta es la misma si la invertimos en una forma maniquea: ¿cómo puede Voldemort y sus fuerzas perversas tener tal poder y sin embargo ser incapaz de destruir a un escolar más bien manso y desorganizado?

En un cuento corto esta discrepancia podría manejarse y resolverse rápidamente a favor de un desenlace u otro, pero en el transcurso de siete libros completos, el misterio, al menos para este lector, pierde su efecto impositivo y en este episodio culminante la empresa realmente se vuelve tediosa. ¿Realmente no hay ningún mortífago o dementor que sea capaz de comprender la sencilla ventaja de la sorpresa?

La repetitiva táctica de deus ex machina (sin un deus) tiene un efecto deplorable tanto en la trama como en el diálogo. La necesidad de Rowling de encarar sus propias convulsiones también infecta a sus personajes. Aquí tenemos a Harry tratando de enderezar las cosas con un elfo doméstico servil:

"'No te entiendo, Kreacher,' dice finalmente. 'Voldemort trató de matarte, Regulus murió para derrotar a Voldemort, ¿pero te hace feliz traicionar a Sirius con Voldemort? Te hace feliz visitar a Narcissa y Bellatrix, y pasarle información a Voldemort a través de ellas..."'

Es obvio por qué se siente confundido. El intercambio se desarrolla durante un período abismalmente largo durante el cual el trío de Harry, Hermione y Ron se lían sentimentalmente, se invisibilizan y salen de camping durante semanas; sólo algunos inexplicables escapes de la muerte alivian la narrativa.

El gran contexto de la Escuela Hogwarts desaparece, al menos hasta las escenas finales, y Rowling también sigue olvidando que las cosas son mágicas o no: seguramente la familia de Hermione no estará más a salvo del Señor Oscuro mudándose a Australia y la mole corporal de Hagrid no le servirá de mucho para montarse en una escoba. Mientras tanto, un subtexto tedioso, sobre la sensatez o no de mencionar el nombre de Voldemort le quita fuerza al amuleto.

Cabos sueltos. Desde hace un tiempo las novelas han venido intentando una especie de dramatización secular de la batalla entre el bien y el mal. El Ministerio de Magia (uno de los mejores inventos de Rowling) ha tratado de imponer una versión de las Leyes de Nuremberg en Inglaterra, clasificando sus temas de acuerdo con la sangre y manteniendo su propia Gestapo así como su propio gulag Azkaban.

Pero una vez más, con el tiempo y el paso de muchas páginas, este escenario no logra estremecer: la mayor parte de la población muggle prosigue con su existencia ordinaria y cada vez que la policía secreta se acerca, nuestros héroes logran desaparecer (“disapparate” en el original en inglés) –un término que siempre me hace pensar en George W. Bush tratando de hablar inglés.

El prejuicio contra los duendes monopolizadores de bancos sigue más o menos el patrón del antisemitismo y el vil trato que se les da a los elfos tiene la intención de recordarnos las miserias de la esclavitud, pero el efecto general es más bien débil, poco original y reducido en cuanto a sus aportes.

Este volumen está repleto de cabos sueltos. ¿De qué lado está realmente Snape? ¿Puede Neville Longbottom superarse? ¿Los Malfoy son tan malos como los pintan? Lamentablemente –y con la sólida excepción de Neville, cuya galantería se evoca muy bien- estos propósitos tienen toda la emoción de un epílogo al viejo estilo de Perry Mason, introducidos por un fornido personaje arquetípico según el cual “Hay una sola cosa que no entiendo…” Lo mismo aplica para Voldemort, quien se vuelve más tedioso que un villano de Ian Fleming, o el perverso pero prolijo Nicolae Carpathia en la serie Left Behind, cuando ofrece abundantes explicaciones que son tanto grandilocuentes como vacuas.

Este hábito negativo y pedante persiste hasta el final del duelo, el cual al menos nos lleva de vuelta a las instalaciones de la escuela. “No podemos dejar la magia a la luz del día”, tal como Walter Bagehot comenta en otra conexión, y el deseo de tener todo esclarecido a la larga es contraproducente en sus propios términos. Cuando Rowling toma la decisión de bajar definitivamente el telón, se da cuenta de que ha ido mucho más lejos de lo deseable y no nos da exactamente un final feliz, sino uno que sugiere que el mal efectivamente ha sido derrotado (perdonen la expresión) por el bien.

Escritores más célebres – entre ellos Arthur Conan Doyle- se han visto ante el mismo dilema a la hora de buscar un final para sus obras. Y, al igual que Conan Doyle, Rowling ha ganado un prestigio imperecedero por darnos un héroe identificable, la fina caricatura de un villano y convertir un rincón ficticio de la estación King’s Cross en un lugar tan luminoso como cualquier dirección cercana a Baker Street.

Pocos escritores son tan afortunados como para crear un mundo diferente, poblarlo y dejarlo impreso en la memoria colectiva. Como alguien que realmente asistió alguna vez a un internado viajando en tren, a los 8 años, disfrutaba leyéndole en voz alta a los niños y llegando a Diagon Alley y a Grimmauld Place, y también me estremecía al recordar a los sarcásticos maestros (y Privet Drives) que he conocido.

El final inequívocamente sensiblero de la historia parece guardar la promesa de una secuela, pero honestamente creo y sinceramente espero que no se concrete. Los juguetes han sido colocados nuevamente en sus cajas, la varita mágica recogida y el prestidigitador acepta discretamente su pago mientras que los niños claman por nuevas formas de entretenimiento. (Recomiendo que se gradúen en Philip Pullman, cuyo sistema demoníaco es más refinado que cualquier patronus). Ya es un gran logro que “19 años más tarde”, como lo anuncia el título del último capítulo, y muy probablemente durante muchas décadas más, aún habrá millones de adultos que recordarán su iniciación a la literatura como un ligero toque de Harry en la noche.

(Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair. Su libro más reciente es God Is Not Great: How Religion Poisons Everything).


La foto que acompaña este texto es una toma de los consumidores a la espera de que se abra la venta del último libro de Harry Potter frente a una de las sucursales de la cadena Barnes and Noble.


Cuando la Stasi nos alcance





Se estrena finalmente
en Venezuela
La vida de los otros

Por fin llega a las pantallas de Venezuela una de las mejores películas alemanas y europeas en muchos años, La vida de los otros (de Florian Henckel von Donnersmarck). Anexo a esta noticia breve sobre su estreno, un capítulo de mi libro Gente que necesita terapia, que trata del tema de la Stasi.

El sábado pasado fue exhibida La vida de los otros en una sesión de preestreno, en una de las salas del Centro Plaza de Caracas. La Asociación Civil Ciudadanía Activa, cuyo lema es "Promovemos ciudadanos activos en el ejercicio de los derechos y deberes, en democracia y libertad'', auspicio esta función para recaudar fondos y estimular el debate de las ideas en Venezuela.

Cabe destacar aquí que el contexto en el que se mueve la trama de La vida de los otros es la opresión que vive Alemania del Este en los años del comunismo, antes de la caída del muro de Berlín (1989). En estos tiempos oscuros, la policía secreta comunista, Stasi, llevaba un control severo y obsesivo de los ciudadanos alemanes que consideraban sospechosos de ser con spiradores, traidores o de querer simplemente escapar. Hay investigadores que aseguran que todos las personas que vivían del lado de adentro del muro eran estrictamente vigiladas. Cuando se abrieron estos archivos, muchos familiares descubrieron que sus padres, madres o hermanos habían sido delatores, lo que produjo la ruptura o destrucción de esos lazos familiares.

Timothy Garton Ash ha relatado cómo fue víctima de la vigilancia y delación de sus propios amigos, cuando él residía en Berlín en los años setenta. De esa experiencia publicó un libro, El expediente. Algo similar ha recordado el escritor mexiano Juan Villoro, de su estacia en Alemania, cuando fue enviado por la cancillería de su país para ocupar un cargo diplomático que mantuvo en los tiempos del gobierno de Eric Honeker.

-S.D.


Nobleza obliga

Dos mitos del siglo veinte, que tendieron su sombra de enigmas y desconfianzas sobre el mundo socialista europeo y soviético, volvieron a ser noticia en 1998, como si hubieran querido despojarse de las pesadas cargas de la historia y sentirse más libres. El enigmático espía alemán Markus Wolf (1923) fue encarcelado después de negarse a delatar -ante un tribunal de Frankfurt- a uno de sus viejos colaboradores.

Los apellidos a veces dicen más de lo que nombran. Wolf define a los lobos en las lenguas de Goethe y Shakespeare. Como buen animal, inteligente y feroz, con cierto aire intelectual y 75 años, Markus, ex jefe de la agencia de espionaje de la República Federal Alemana, Stasi, prefirió pasar unos días en la sombra antes que declarar si el acusado Gerhard Fläming era el personaje Julius que aparecía en sus memorias. A su edad y con los vientos que corren en el mundo, una afirmación suya no habría desencadenado ninguna tormenta. Pero prefirió guardar silencio.

Wolf representa un arcaísmo empaquetado para catalogar en un museo de la intolerancia del siglo veinte, un emblema de cierto espionaje que se niega a cambiar con los tiempos modernos. Aferrado a las glorias del pasado (haber provocado la caída del canciller Willy Brandt, por citar una de sus hazañas), este paquidermo se mantiene fiel al gimnasio, corre todos los días, desconfía cuando entra a un restaurant o cuando enciende el motor del automóvil, y extraña -con cierta respiración romántica- las acciones encubiertas en ciertos territorios de riesgo.

Pero sabe también que su tiempo ya se convirtió en nostalgia y es capaz de guiñarle el ojo a la historia: demostró que conoce al pie de la letra los códigos de honor de los espías y no va a hipotecar su leyenda con una delación de última hora.

El otro fenómeno sorprendente que entró en los medios de comunicación de todo el planeta con furia fue el entierro imperial que llevó a cabo el gobierno de Boris Yeltsin de los restos del último zar de Rusia, Nicolás II. La ceremonia ocurrió el 17 de julio de 1998 (ochenta años después de que fuera fusilado junto a su esposa, sus cinco hijos, un médico y tres empleados personales). Y se desarrolló en una de las catedrales más deslumbrantes del mundo, San Pedro y San Pablo, en San Petersburgo, la capital que Pedro El Grande levantó hacia 1703 en el delta del río Neva. Y contó con la presencia de dos descendientes: el príncipe Nicolás Romanov y su hermano Dimitri.

Las campanas de la catedral se dejaron escuchar con ímpetu, suerte de música de fondo de un ajuste de cuentas largamente esperado. Los cañones dispararon 19 salvas (nunca 21, por la abdicación de Nicolás II), y siete popes y cinco diáconos oficiaron el funeral. Todos los políticos presentes bajaron la cabeza en señal de respeto. Así lo reportó el periodista Luis Matías López, del periódico español El País. Los huesos de las víctimas fueron trasladados desde los sarcófagos de cristal hacia pequeños ataúdes de roble del Cáucaso, que fueron depositados junto a las 32 tumbas de la familia Romanov, en la capilla Santa Catalina. Falta aún el ingreso de Pedro El Grande en ese espacio resguardado por el mármol y el bronce: sus restos reposan en la catedral del Arcángel, en el corazón del Kremlin en Moscú.

LO QUE SE PIERDE. Algunas personas resultan irremediablemente siniestras: invierten recursos económicos, pero también tiempo, energía y obsesividad, en empresas enrevesadas, oscuras o malévolas, muchas veces desde las esferas gubernamentales, que no conducen a ninguna parte. Así lo demuestran algunos registros encontrados en las cenizas de Europa del Este y la Unión Soviética. El historiador estadounidense Robert Massie divulgó en su libro, The Romanovs (The Final Chapter, Ballantine, 1995), inverosímil historia de las investigaciones que descubrieron los huesos de la familia Romanov y las peleas que se generaron alrededor de este hallazgo entre las diferentes competencias. Como si una maldición hubiera lanzado un soplo de mala suerte sobre quienes intentaban rastrear las huellas del pasado.

Todo comenzó el 4 de julio de 1918, cuando la familia real fue trasladada hacia la ciudad de Ekaterimburgo, en los montes Urales. Inicialmente, el gobierno provisional que había suplantado a los zares en 1917 mantuvo bajo arresto domiciliario a Nicolás II y Alexandra, junto a sus hijos, en el Palacio Alexander. Existía la idea de enviarlos al exilio en Inglaterra. Pero el rápido ascenso de los bolcheviques cambió la historia. Decidieron trasladarlos a la casa del comerciante Nikolai Ipatiev, en Ekaterimburgo. Allí permanecieron por trece días sin conocer su destino.

El 17 de julio de 1918 un oficial soviético, Yakov Yurovsky, a la cabeza de un pelotón de fusilamiento, despertó a la familia imperial a la medianoche, leyó la sentencia a muerte, y antes que nadie pudiera entender lo que allí ocurría dio la orden de disparar a Nicolás II, la zarina Alejandra, los hijos (Olga, Tatiana, Anastasia, Alexei y María), el médico Yevgueni Botkin), el valet (Alexei Trupp), el cocinero (Ivan Jaritonov) y la doncella (Ana Demídova). El testimonio de los soldados refiere que las balas rebotaban en los cuerpos de las duquesas. Esto los desesperó. Su ropa se encontraba rellena de nueve kilos de joyas y diamantes. Ni siquiera las bayonetas resultaron efectivas. Tuvieron que dispararles en la cabeza.

La ceremonia de exterminio fue un acto despiadado y brutal, una suerte de rito con el que se hubiera querido enterrar décadas de ignominia. Los cuerpos fueron golpeados con las cachas de las armas para desfigurarlos. Más tarde los arrojaron como bolsas de papas en un pozo hondo y los rociaron con ácido. Yakov Yurovsky confesó haber quemado por lo menos uno de los cadáveres. Sobrevivió a esta masacre un dedo, que la iglesia ortodoxa conserva como el único rastro de la brutalidad de los comunistas sobre el cuerpo de los zares.

HILOS DE ARAÑA. En junio de 1977, muchos años después de que esta casona albergara a disidentes y monárquicos trasnochados, fue demolida por órdenes del presidente Leonid Brezhnev bajo la supervisión de un funcionario poco conocido en ese momento, Boris Yeltsin. Dos años más tarde, en 1979, el geólogo Alexander Avdonin y el director de cine, escritor de novelas policiales y detective, Geli Ryabov, descubrieron donde se encontraban los restos de la familia Romanov.

Pero este hallazgo se mantuvo en silencio a lo largo de doce años. Recién en 1991 el gobierno de la ex Unión Soviética decidió identificar los huesos, para luego estudiar qué hacían con ellos. Entonces surgieron otras revelaciones: aparecieron catorce balas; los esqueletos correspondían a nueve cadáveres y no a once, como era previsible según la leyenda histórica. La desconfianza se apoderó de los herederos que no creían nada de lo que les contaban.

Los traslados y estudios de estos restos provocaron conflictos entre las oficinas de Moscú, San Petersburgo y Ekaterimburgo (en cuál de las tres ciudades quedarían los restos, cuál de ellas se aprovecharía del turismo); entre los diferentes equipos de identificación radicados en Rusia (el doctor Sergei Abramov), Inglaterra (el doctor Peter Gill) y Estados Unidos (el doctor William Maples), que nunca terminaron de ponerse de acuerdo; entre la Iglesia Ortodoxa Rusa y la Patriarcal, que diferían de opiniones sobre las tumbas en donde debían enterrarse los huesos y los rituales que era necesario seguir.

A estos conflictos se sumaron otras divergencias, más humanas que científicas. Dos bandos de nietos y bisnietos dejaron de hablarse entre sí. Un ex Romanov se negó a dar muestras de su sangre a un equipo investigador que rastreaba las moléculas DNA en los restos porque los exámenes se llevarían a cabo en Inglaterra, el país que se negó a darle asilo a los zares en 1917. Robert Massie revela a lo largo de su libro la insensatez de una empresa inútil que intenta iluminar el pasado y solo logra oscurecer el presente con hilos de araña que atraviesan un siglo entero.

YO SOY ESPIA. Algo similar demuestra Tina Rosenberg en su exhaustivo trabajo The Haunted Land (Vintage, 1995), quien revisa con los ojos del periodismo y la sociología el poscomunismo en Europa. Con esta investigación obtuvo el premio Pulitzer. La escritora se detuvo en uno de los aspectos siniestros de la República Democrática Alemana (conocida como Alemania Oriental) mientras existió como país independiente hasta 1989: la policía secreta o Stasi; siglas del Ministerio para la Seguridad Estatal, oficina que debía vigilar a 16.661.423 habitantes (según estadísticas de 1988).

Hombres oscuros llegaron a fichar a seis millones de alemanes, con la eficiencia que enorgullecía a Hitler. El complejo de la Stasi en Normannestrasse, distrito de Lichtenberg, en Berlín, poseía 41 edificios de concreto marrón, junto 181 casas reservadas, 305 hogares de veraneo, 98 instalaciones deportivas y 18 mil apartamentos, todos destinados a encuentros con delatores. Su presupuesto alcanzaba la cifra de cuatro mil millones de marcos alemanes. Lo que permitía pagarle a 97 mil empleados, entre los que se destacaban 2171 lectores de correspondencia ajena, 1486 grabadores de conversaciones telefónicas, 8426 personas que monitoreaban conversaciones y trasmisiones radiales y TV. A ese personal fijo, se sumaba 110 mil colaboradores extraoficiales y un millón de delatores ocasionales, a quienes se les pagaba con dinero o especies. Las 39 secciones de trabajo incluían una, dedicada sólo a investigar a los empleados de la Stasi. Después del ejército, se convirtió en el programa de empleos más eficaz de Alemania.

Esta operación de espionaje llegó a reunir un tarjetero de un kilómetro y medio. En su conjunto total, los archivos de la Stasi alcanzaban 200 kilómetros, pesaban 50 toneladas por kilómetro y medio, y tenían 62 mil 500 toneladas. Sólo las tarjetas del apellido Müller ocupaban noventa kilómetros. Sus agentes introdujeron micrófonos en los asientos de la Opera de Dresden y en los confesionarios de la iglesia católica, cámaras en baños públicos, expedientes abiertos a quienes consultaban en bibliotecas públicas manuales de alpinismo o viajes en globo, alternativas todas para escapar del Muro de Berlín.

La información que llegó a acumularse era tan obsesiva como insignificante. Era posible conocer donde guardaba una plancha en su casa la camarada Ana, cuantas cervezas al día se bebía el camarada Jurguen, el precio del almuerzo del camarada Heinz en un puesto callejero cerca de la estación Friedrichstrasse, cuantas veces a la semana el camarada Carlo sacaba la basura a la calle y el color de las medias que utilizaba. Los espías que andaban por otras ciudades reportaban la forma de vestir de los bibliotecarios de Stuttgart, y como se comportaban en la mesa los huéspedes de los hoteles de Zurich. Todo era digno de ser catalogado y todo podía servir para la causa.

Los oficiales de la Stasi hurgaban en los potes de basura para establecer modos de vida y costumbres íntimas, solicitaban respaldo de cada uno de los préstamos de las bibliotecas públicas, y fotografiaban todos los graffiti que aparecían en las calles. No existía un solo rumor que quedara fuera de análisis y sospecha. En el edificio central de esta organización existía una biblioteca de olores. Miles de frascos se encontraban allí, con pedazos de ropa interior de los disidentes, para que los perros entrenados identificaran a los autores de los panfletos de protesta contra el régimen socialista.

Uno pude comprender porque los agentes de la Stasi hacían este trabajo. Creían en el régimen político o en el sueldo que los mantenía. Pero cómo explicar a la gente que delataba a su familia, a su vecino, a su compañero de clase. David Gill, un disidente que tuvo un papel importante después de la caída de la Stasi, le confesó a Tina Rosenberg que la gente delataba por razones pequeñas, como siempre ocurre. “Lo hacían por dinero, por un apartamento en Berlín...’’ Otros cantaban por conservar sus empleos, por cambiar la forma de vida de Alemania, por mejorar la comunicación entre la Iglesia y el Estado.

DAÑOS COLATELARES. Entre 1989 y 1990 parte de la documentación asentada en la Stasi fue destruida por jefes en fuga. El Parlamento votó a favor de la destrucción del disco duro, donde se encontraban guardados los registros centrales de la Stasi, la memoria intrascendente de la vida de 16 millones de personas. “Teníamos miedo que con la reunificación viniera la CIA’’, justificó un disidente ambientalista. De todas maneras la apertura pública de estos archivos ocurrió el 2 de enero de 1992 y conmocionó al país. Se imprimieron planillas para quienes deseaban acceder a los expedientes. Esta revelación desató una cadena de crisis individuales y colectivas: muchos ciudadanos advirtieron que habían sido delatados durante años por padres, hijos, cónyuges, hermanos, socios... La estampida acabó con miles de familias y amistades alemanas.

Una ciudadana descubrió con horror que quien había informado su vida privada sin ningún reparo había sido su esposo. Otro descubrió por qué había pasado dos años horrorosos en prisión: su propio padre había denunciado que su hijo tenía deseos de escapar de Alemania oriental. Cuando leyó su expediente, lo demandó. Aparecieron casos de gente que delataba por unas pocas piezas de plata o porque tenían la extraordinaria oportunidad de vengarse de un rival. Como refiere Tina Rosenberg, era extraordinario lo poco que hacía falta para convertir a un alemán en policía.

La depravación que alcanzaron algunas prácticas parecen sólo posible en novelas con tramas fantásticas. Una pareja advirtió mucho tiempo después la razón de los problemas que comenzaron a minar su relación: la Stasi enviaba hombres cuando el marido no estaba en casa para que se hiciera amigo de la mujer y generara dudas en la relación. También lograron que la directora de la escuela donde estudiaba su hijo le llenara la cabeza con ideas en contra de sus padres.

El ciudadano Wolfgang Templin descubrió después de 1989 las razones por las que su familia perdió la razón. Cada día cerca de cincuenta personas golpeaban la puerta de su casa. Acudían a comprar objetos que supuestamente se encontraban en venta: condones, guacales con pollos vivos, etcétera. Albañiles preguntaban donde se encontraba la cabaña que deseaban renovar. Se acercaban vendedores de cachorros schnauzer que valían demasiado dinero. Cotidianamente, llegaban miles de postales con gangas para comprar. Todo siempre traía una advertencia. “Toquen fuerte la puerta, mamá es sorda’’. A este tipo de extravagancia se dedicaban los psicólogos de la Stasi, entrenados para desequilibrar a la gente y colocarla en situación de ser delatada o de delatar a otros.

Tina Rosenberg rescata en su libro la parábola de un cuento de Jorge Luis Borges, “La lotería de Babilonia’’ (Ficciones, 1944). Lo escoge porque allí la ficción crea una lotería que termina por convertirse en una Compañía todopoderosa que rige los destinos de la gente. Si alguien muere asesinado, el agente encargado de ejecutar esa misión podía seguir las órdenes de la lotería. Al final el narrador se pregunta si la compañía existiría realmente o si habría desaparecido dejando en su lugar al destino. Borges escribió ese texto antes de 1944, lo que quiere decir que sus palabras fueron una premonición de lo que más tarde los alemanes orientales conocerían como Stasi, lotería secreta de la que nadie nunca logró salir ileso.

CODA. ¿Cuáles son las sombras que tienden las historias de los Romanov y la Stasi sobre el presente más inmediato? Una descendiente curiosa de 43 años, que vive en Madrid, y no tiene dinero ni oficio conocido. Si un codazo del azar, tan improbable como frívolo, recompusiera la monarquía en la tierra de sus ancestros, María Vladimirovna Romanov, jefa de la Casa Imperial de Rusia, sería coronada zarina. Tendría la singularidad de los tiempos que corren: María es castiza y divorciada. Lo que no debe alarmar a nadie si se detalla el prontuario de una familia que no se parece a ninguna otra.

De la Stasi tal vez el vestigio más iracundo sea el espía Markus Wolf, quien fuera jefe del servicio de espionaje exterior de esta organización. Sus próximos pasos ocurrirán en una prisión, lo que agrandará aun su mito de personaje inclasificable. Luego volverá a promocionar sus Memorias.

Para esta actividad ha escogido con sabiduría unos compañeros de ruta inigualables: una ex agente que infiltró en el contraespionaje alemán occidental y antiguo enemigo que siempre denunciaba las atrocidades de la Stasi. Cuando le preguntaron donde quería presentar el libro en Bonn, no dudó en responder que en el salón de actos del Museo de Historia.

Al frente se encuentra la Cancillería, donde en el pasado Wolf asestó el más duro golpe de su carrera: la caída del canciller Willy Brandt, después de que se descubriera que en su oficina trabajaba el espía oriental Günter Guillaume. El corazón del bloque comunista desapareció de Occidente, pero pareciera que ciertos restos gozan de buena salud. Si no que le pregunten a los magnates de la fórmula 1, que han contratado a los ex agentes de las dos alemanias para reconvertir las mañas de la guerra fría en el más nuevo y eficaz espionaje industrial.

Historias de escritores



Con los obsesivos nunca se sabe

Ciertas historias se parecen demasiado a esas pelotas que no permanecen demasiado tiempo bajo el agua. Como ésta que ha vuelto a salir a flote, ahora que la viuda del escritor estadounidense Raymond Carver (1938/1988), Tess Gallagher, se ha empeñado en publicar Beginners, 17 relatos del escritor que fueron publicados en 1981 con el nombre de ¿De qué hablamos cuando hablamos del amor?

Los textos que aparecieron en los años ochenta fueron trabajados por Gordon Lish, quien los limpió hasta el hueso con el poder que ostentan los editores en Estados Unidos. Estos que verán la luz ahora, bajo el influjo restaurador de Tess Gallagher, son más extensos y elocuentes, y un tono sentimental ha comenzado a sonar como música de fondo.

La mayor revelación es el hecho de que frente a estos textos ya no se podrá llamar nunca más minimalista a Raymond Carver. Esto ha sido consignado en un texto de siete páginas, en donde los especialistas William Stull y Maureen Carroll (Universidad de Hartford, Connecticut) explican la naturaleza de su investigación. Pero lo que acaba de suceder sólo muestra la punta de un iceberg más complejo. Abajo se esconde una enigmática relación entre dos amigos.

Hace falta remontarse a 1969. La revista Esquire andaba tras la pista de nuevas voces. Gordon Lish convenció a la junta directiva de que él era el hombre indicado para ese trabajo. Raymond Carver era uno de sus amigos y editaba materia educativa en el escritorio de enfrente.

Eran compinches y cada rato libre lo desperdiciaban en una barra. Carver era alto, apuesto y decidido. Lish poseía otra apariencia: bajo, flaco, fuerte y muy nervioso. Además, era mundano y agresivo. Le pedía a todas las mujeres que se acostaran con él.

Raymond Carver no era conocido ni tenía prestigio alguno. Lish acababa de estrenar su trabajo en Esquire, editando ficción ajena. Carver le pidió que leyera sus cuentos. Este se tomó el trabajo y se los devolvió corregidos. “Vecinos’’ fue uno de los primeros cuentos de Carver que apareció en una revista americana.

De repente la “nueva voz’’ llamaba la atención, sobre todo por el nivel de condensación de los relatos y el silencio que invocaba cada línea. Pocos imaginaban entonces cuánta verdad contenía el apellido Carver (que quiere decir “entallador’’), ya que Lish había comenzado a “moldear’’ los cuentos para sacarles todo el brillo que encerraban.

Nadie se habría enterado de esta historia, si no fuera porque Gordon Lish guardó copias de los cuentos de Raymond Carver en su estado original, y de cómo se los devolvía, corregidos, con anotaciones limpias y claras en los márgenes. Los guardó como quien consigna las pruebas de una doble y secreta autoría literaria. Además coleccionó la correspondencia que lo unió a Carver, en donde se manifiesta el tormento del escritor ante la posibilidad de que alguien pudiera descubrir semejante secreto.

“Tal vez si estuviera solo, completamente solo, y nadie hubiera visto estos cuentos, tal vez entonces, sabiendo que tus versiones eran mejores que las mías, podría aceptarlo. Tess los ha visto todos detenidamente. Richard Ford también ha leído alguno. ¿Cómo puedo explicarles a ellos lo que pasó? Gordon, por Dios, ayúdame con esto, trata de entender, tengo que salir de estos. Si tengo alguna reputación o credibilidad en el mundo, te lo debo a ti. Esta vida más o menos interesante te la debo a ti. Pero no puedo arriesgarme a lo que pueda suceder si se descubre esto'' (Julio, 1980).

Gordon Lish vendió sus documentos a la Biblioteca Lilly (Universidad de Indiana), en 1991. El periodista D.T. Max descubrió estos papeles, en donde aparece el reflejo difuso de una relación afectiva enfermiza, entre editor y escritor, en la que el segundo acepta inicialmente la necesidad de las correcciones en su propia obra, luego disfruta los beneficios económicos que se presentan como fruto del éxito literario (con la venta de sus primeros libros compró un barco), y después intenta separarse, ante el peso de la culpa y la posibilidad de ser descubierto.

Los dos primeros libros de Raymond Carver, ¿De qué hablamos cuando hablamos del amor?, y ¿Puedes hacer el favor de callarte, por favor?, poseen idénticos tipos de personajes (obreros pobres, vendedores desempleados, mesoneras, dueños de moteles, todos con vidas tristes), pero se registra sin duda la impronta de Gordon Lish: son historias concisas, desnudas hasta el hueso, minimalistas en un sentido casi abstracto. Abandonan a los personajes en donde los han encontrado, sin solución ni suerte de la que puedan agarrarse.

Dos libros posteriores, Catedral y Tres rosas amarillas, poseen otras características: son cuentos optimistas y sentimentales. Aquí sus personajes lloran y dicen lo que sienten. Algunos estudiosos han explicado esta diferencia marca la vida de Carver: fue muy dura al comienzo y más feliz en el ocaso. La llegada a su vida de Tess Gallagher podría haber ayudado a delinear esta frontera. Las pruebas de Gordon Lish son públicas y dicen otra cosa.

Raymond Carver odiaba las confrontaciones. Era hijo de una mesonera sin suerte y un obrero alcohólico de un aserradero, quienes se separaron por la inestabilidad matrimonial y la ausencia permanente de dinero. Carver aprendió a escribir con un curso por correspondencia. Vivió buena parte de su vida en la pobreza y cayo en el alcoholismo tratando de alejarse de la sombra de su padre. Transitó 50 años difíciles, antes de que un cáncer se le clavara en el pulmón.

La relación entre Raymond Carver y Gordon Lish se asemeja bastante a una adicción irresistible. Carver no tenía fuerzas para enfrentar al editor que mejoraba sus relatos en la oscuridad, como un Dios autoritario y salvaje. Ninguno de los dos podía vivir sin el otro. Como aquel personaje que necesitaba los huevos del hermano que creía ser una gallina.

martes, octubre 30, 2007

Sobre el suicidio de André Gorz





Historias de amor
que terminan mal

Sin motivo aparente, esta columna abre y cierra con referencias cinematográficos clásicos. La primera pertenece a Umberto D (1952), de Vittorio de Sica, fresco dramático de posguerra, en donde un jubilado de un ministerio italiano -ante el inexorable enfrentamiento con una vida que no ofrece demasiadas salidas- decide suicidarse.

Esta decisión de un hombre mayor refiere demasiadas metáforas, pero quiero subrayar aquí la que me impactó a mí: la desolación de una vida que al llegar al final del camino siente que la única salida es la muerte. Algo debe andar mal en una sociedad cuando un anciano decide morir de esta manera, arrojándose a las vías de un tren.

Esta idea regresó vagamente a mi cabeza cuando en el último fin de semana de septiembre reparé en el suicidio del filósofo André Gorz y su esposa Dorine, en su casa de Vosnon, en el este de Francia. Sus cuerpos fueron descubiertos por amigos, quienes además encontraron varias cartas de despedida y una dirigida a la policía.

Notablemente valorado en Europa por fundar en 1964 el semanario francés Le Nouvel Observateur (1964), junto al periodista Jean Daniel, quien lo recordó como “el filósofo más marginal y secreto de la ecología y el anticapitalismo’’, Gorz nació en Viena en 1923. La Segunda Guerra Mundial obligó a su familia a enviarlo a estudiar ingeniería química a Lausana, Suiza, hacia 1939, para escapar del servicio militar alemán.

Al fin de la contienda que devastó a Europa, Gorz se trasladó a París en busca de intereses más acordes con sus inquietudes intelectuales y políticas. Fue discípulo y amigo de Jean Paul Sartre, hasta que el maoísmo del autor de La nausea los separó irremediablemente.

Gorz se dedicó a estudiar la evolución del mundo, desde una perspectiva de izquierda, siempre con una atracción por la dimensión ecológica de los cambios y su incidencia en el terreno del trabajo. Recientemente escribió libros Ecología y política, y Ecología y libertad, pero en los cincuenta dejó constancia de sus ideas en La moral de la historia (1959) y en los sesenta con El socialismo difícil (1969).

Reconocido por ser un pensador socialista auténtico, antiautoritario y antieconomicista, sus ideas influyeron en el sindicalismo reformista francés de la década de los sesenta y setenta. En 1983 rompió con el marxismo, después de publicar Los caminos del paraíso, donde criticó duramente los errores de la izquierda europea. Desde entonces su voz adquirió el referente de la decencia y la autonomía, en medio de una gauche divine que se volvió mediática, aceptaba los pensamientos únicos, se enriquecía desesperamente y buscaba el poder a costa de cualquier tipo de concesiones.

Gorz había vivido 74 años. La política lo decepcionó de muchas maneras y como las tragedias nunca llegan solas, su esposa Dorine se enfermó gravemente. Un año atrás publicó un libro impresionante, Carta a D., Historia de amor, en el que escribió: "Acabas de cumplir 82 años y sigues siendo bella, elegante y deseable. Hace 58 años que vivimos juntos y te amo más que nunca. Hace poco he vuelto a enamorarme de ti y de nuevo siento en mi interior un vacío que sólo llena tu cuerpo abrazado al mío".

Aunque muchos amigos de Gorz pudieron imaginar que su muerte tendría la repercusión de una bomba atómica en la clase intelectual francesa -adicta a las declaraciones en los medios ante cualquier hecho-, poco se ha escrito sobre el sentido de la muerte de un hombre que vivió un siglo complejo y arduo, en el que soñó con cambios profundos para mejorar la vida del ser humano y desembocó en un callejón sin salida. La enfermedad de Dorine acabó con todas sus fuerzas. Y él prefirió acompañarla. Nadie puede culparlo.

He querido imaginarlo en el minuto final de sus vidas, como Humphrey Bogart (Rick) en Casablanca. Oyendo a Ingrid Bergman (Ilse), como quien escucha la música del azar. “Te quiero contar una historia, pero tengo un problema, confiesa Ilse, no sé cómo termina’’. Y Rick la alienta: “Dale, comienza, que a lo mejor, mientras la cuentas, se te ocurre un final’’. Así respiran a veces las historias que nos importan, aunque sean tristes y nos dejen mudos.