Gente que necesita terapia

Periodismo para gente que lee / Notas aisladas / Ideas sueltas / Datos curiosos / Lecturas que sirven / Entrevistas / Crónicas bajo sospecha / Reportajes completos / Medios en estado de crisis / Historias cruzadas / Un paseo por el planeta de la diversidad y la diferencia

domingo, julio 19, 2009

Anat, su mamá, el alcalde y la mafia



Ultimas noticias sobre la cama

¿Será producto de las sincronicidades de la vida cotidiana o mera conjunción del azar, lo que hace posible que en una semana aparezcan noticias sobre un tema tan poco noticioso como una cama, desde diferentes partes del planeta?
Como no hay nadie que pueda responder semejante enigma, cabe detenerse con cuidado en cada una de las sorpresas que depara ese lugar sagrado para los seres humanos desde tiempos inmemoriales.
Una de las curiosidades ocurrió en Tel Aviv y hace estallar en mil pedazos un mito largamente amasado por el cine, la literatura y la cultura popular: los colchones son más seguros que los bancos para proteger los ahorros de una vida o el botín de una jugosa mordida.
Una mujer, Anat, quiso retribuirle a su madre una larga sucesión de esfuerzos por educarla. Y le compró un colchón nuevo, sin decirle nada, para sorprenderla. En un descuido de la señora, la hija sacó el viejo pedazo de telas y resortes de la casa y lo sustituyó por el nuevo, como si los ángeles le hubieran hecho un cariñito a su vejez.
En los guiones que escribió el irónico Rafael Azcona (fallecido el año pasado), para realizadores como Marco Ferreri, Carlos Saura y Luis García Berlanga, el absurdo siempre irrumpía en la vida cotidiana de la gente cuando menos lo esperaban.
La vida de Anat y su madre se convirtió en un peregrinaje por los vertederos de basura en busca de una ilusión: el colchón viejo, en donde la señora había guardado un millón de dólares, los ahorros de una vida. Un bromista acotó que ese dinero ya estaba en el Mar Muerto, ya que el basurero de Efeh se encuentra muy cerca de esas aguas.
A los españoles la noticia les ha resultado graciosa porque en estos días dejaron caer su atención sobre el pueblo de Alcaucin, cerca de la ciudad mediterránea de Málaga, muy acontecido con el encarcelamiento de su alcalde, Juan Manuel Martín.
Efectivos de la guardia Civil apenas tardaron dos horas en encontrar 160 mil euros en el colchón de este funcionario que ha exigido respeto a quienes gritaban “a la cárcel los corruptos’’. Su confesión lo libra de toda culpa: esos eran los ahorros de una vida pública. Martín llevaba veinte años a la cabeza de ese municipio.
Los usos de la horizontalidad generaron controversia desde tiempos bien remotos. Ya en 1783 el monumental estudio de Wright sobre las camas en Occidente refiere la perniciosa costumbre de que el hombre y la mujer puerqueen juntos, continuamente, entre las mismas sábanas, 365 días al año. Guao.
Pero lo curioso es que uno de los puritanos que defendía las buenas costumbres, el doctor Graham, creó una celestial, que se exhibió en 1778. Estaba muy bien equipada, según refiere Anthony Burguess en su libro Todo sobre la cama.
La de Graham tenía “seiscientos kilos de imanes artificiales’’ que renovaban el vigor sexual menguante y proporcionaban a la cama “ese movimiento dulce, ondulante, cosquilleante, vibratorio, que enternece el alma y acaricia el cuerpo’’. Costaba cincuenta libras renovar las fuerzas invertidas en el amor.
Burguess lo dice con estas palabras: “Despertar es una cosa, salir de la cama otra muy distinta’’. Curioso habitat el del colchón, como resguardo de tesoros acumulados a lo largo de una vida; testigo privilegiado de la gimnasia sexual; espacio ideal para la solitaria recuperación de la potencia exigida.
Así lo entendió el cineasta colombiano Diego García Moreno, quien no encontró mejor metáfora para retratar a su país en el documental Colombia horizontal que a través de la cama, la hamaca y el chinchorro, donde pasan todas las cosas importantes de la vida.
Algunas de ellas muy curiosas, como lo acaba de certificar el escritor condenado a muerte por la camorra napolitana, Roberto Saviano, en un texto que le ha dado la vuelta al mundo muy rápido: “Nunca debajo de una mujer’’.
Ya lo había referido en su best seller Gomorra. En la cama también se libra una batalla por la posesión, por el gobierno, por la pertenencia, por la jerarquía, por el poder y el control territorial. “Estar debajo de una mujer es elegir el sometimiento en la vida de todos los días’’. Habría que ver.
Ya lo dijo el bueno de Freud: lo que hacemos con el sexo y el dinero dicen cosas profundas de todos nosotros. Y eso que no conoció a Anat, a su mamá, al alcalde de Alcaucin y mucho menos a la mafia napolitana.

Las energías que mueven los ídolos



Manías tristes


El ser humano no aprende. Se deja fascinar por celebridades torcidas, gente con algún problema en la azotea, que cada tanto tiempo da un paso en falso o se muere. En ese instante estalla la histeria masiva. Y salen a flote diferentes capítulos de una comedia humana que ya quisiera haber imaginado un guionista perspicaz.
Delante de nuestros ojos desfilan homenajes desmedidos; amigos que habían desaparecido y vienen a decir adiós; revelaciones íntimas de una esposa insensible; misterios sobre la tumba; un secreto que nadie ha develado; relaciones perturbadas con algún familiar; mascotas que fueron adoptadas por una vieja actriz de Hollywood; un deseo incumplido de última hora; y por supuesto, caprichos y adoración eterna que profesan miles y miles de fanáticos.
Ocurrió tiempo atrás con la muerte del ajedrecista insufrible Bobby Fischer. Y sucede cada tanto tiempo con las malcriadeces de otro astro, que sigue vivo, creyendo que es el Dios de los argentinos (ellos también lo creen), Diego Armando Maradona. Y acaba de pasar con Michael Jackson, el niño que no tuvo infancia y que pareciera haber deseado que otros tampoco la tuvieran.
La gran pregunta que casi nunca atinamos a responder es por qué pasamos por alto sus trasgresiones, sus incapacidades para tomar en cuenta a los otros, sus vidas suicidas, sus decisiones desacertadas, y nos rendimos a sus pies para venerar una carrera luminosa y amarga al mismo tiempo, sin advertir que terminamos atrapados en una dinámica que sostiene su propia locura o enfermedad.
El circo del que acaba de ser testigo el planeta resulta ridículo y deprimente. ¿Estas son las energías que mueven los ídolos?; ¿Este es el tipo de celebridad que moldea la conducta de miles y miles de personas?
Sin duda que en la curva vital de Michael Jackson lo que más llama la atención de las masas es la metáfora del muchacho abusado por un padre, Joe Jackson, que le robó la infancia para que alcanzara el éxito y trajera monedas a la casa.
En ese proceso, naturalmente doloroso, Michael Jackson pareciera haber perdido algo más que la infancia: se convirtió en un ser andrógino y narcisista que quería mutar en un enigma. Entonces se fue a vivir a una finca infinita que reproducía el paraíso perdido de sus primeros días.
Éxito tuvo. Vendió discos en vida como pocos y una vez que se despidió de este cruel mundo volvió a vender como cuando bailaba entre cadáveres. Dilapidó una fortuna muy a la manera de aquellos que reciben un dinero súbito y no saben como administrar semejante catástrofe.
No se puede decir que haya tenido una vida feliz ni envidiable. Terminó por reproducir en su casa, como Pablo Escobar -otro muchacho al que se le vino encima una fortuna inesperada-, un zoológico, con anímales a los que amó más que a las personas.
No es broma. Entre la diversa fauna que merodeaba Neverland había dos tigres a los que Michael Jackson amaba poderosamente: Thriller y Sabú. En el 2005 no pudo seguirse ocupando de sus queridos felinos y se deshizo de esas criaturas amadas.
Una de las rubias con las que se obsesionó Alfred Hitchcock, Tippi Hedren, quizás incapacitada de superar el trauma de filmar Los pájaros, creo una reserva de animales que habían actuado en Hollywood y luego fueron abandonados por la industria. Allí reaparecieron Thriller y Sabú.
En el registro coral de la despedida que le ha dado el mundo a Michael Jackson no podía faltar Tippi Hedren: “Me senté con ellos un rato y les hice saber que Michael había partido’’, le confesó la mujer a la que perseguían los pájaros a la agencia AFP. “No se sabe qué tipo de telepatía existe entre los hombres y los animales, pero espero que lo entendieran’’.
Que Michael Jackson tenía problemas no cabe ninguna duda. Como tampoco que su economía y su relación con los niños era casi un electrocardiograma de sus emociones y carencias.
Lo sorprendente es la pasión que encendió en el público una vida que nadie hubiera querido tener, una conducta que reflejaba más dolores que alegrías, una suerte de epopeya triste que lo hizo abandonar el mundo –prematuramente- a los 50 años, cuando ya la existencia era insostenible a pesar de los ensayos musicales obsesivos y el regreso a los escenarios que preparaba para despedirse de sus fanáticos.

viernes, julio 17, 2009

La química de la desesperación



Nunca hay tiempo

Elogiar la lentitud, el tiempo necesario para mirar las cosas que nos interesan con calma puede resultar, desde cierta perspectiva empresarial, un ejemplo de debilidad. Porque el mundo es de los ejecutivos más pilas, aquellos que reconocen -en el torbellino de las crisis- oportunidades y atajos.
El problema es que la gente apurada a veces se tropieza. Sino que lo digan los representantes de una de las farmacéuticas más reconocidas del mundo, Pfizer. En este momento se debaten por “un arreglo extrajudicial con el gobierno de Nigeria, por la muerte de 11 niños en ensayos clínicos’’.
¿Qué tendrá que ver esta tragedia con la lentitud?, se preguntará el lector. No nos apresuremos que todo llega a su tiempo. En 1996 Nigeria sufrió una de las epidemias de meningitis más severas de su historia: murieron 11 mil personas.
Era una crisis humanitaria y había que hacer algo. Pfizer envió a un grupo de médicos que ubicaron su tienda cerca del campamento de Médicos sin fronteras, quienes luchaban contra la infección con medicamentos probados.
Los galenos de Pfizer escogieron a 200 niños y aseguraron que los salvarían de la meningitis con un nuevo antibiótico: Trovan. 11 criaturas fallecieron y otros 181 sufrieron daños cerebrales. El fracaso de la terapia que llevó Pfizer a Nigeria obligó a levantar la tienda dos semanas después de haber llegado.
Quizás esperaban que todo se olvidara con el paso del tiempo. Pero siempre ocurre lo mismo: un empleado de Pfizer, de los que había viajado a Nigeria, no podía dormir con lo que había visto y soltó lo que tenía en la garganta. Le escribió una carta al presidente de la empresa, William Steere.
En esas líneas el empleado aseguraba que las pruebas realizadas por Pfizer habían “violado normas éticas’’. Al día siguiente el trabajador fue despedido. Un comunicado corporativo dio cuenta de que nada tenía que ver la carta con el despido.
¿Cuál es el problema de fondo? La meningitis no es una enfermedad tropical, ni requiere que las pruebas que se hagan con medicamentos para curarla se realicen en geografías tropicales. Se podrían haber hecho en Europa o en Estados Unidos, con las previsiones que exigen los departamentos de salud de esos países.
Pero un ejecutivo avispado pensó que esta crisis ofrecía una oportunidad para ahorrar costos y probar lo que tal vez ameritaba más años de trabajo e inversión de dinero. Era un atajo perfecto para matar varios pájaros de un tiro y además sacar algo de dinero con un proyecto responsable y socialmente correcto.
Hacer las cosas bien y proteger a ciudadanos indefensos hubiera costado más dinero y demorado más en alcanzar la rentabilidad del proyecto Trovan. Vivir frenéticamente produce placeres infinitos. Y no hay tiempo para nada. Porque sino el bono de fin de año se lo lleva otro.
Si se hubieran respetado los protocolos establecidos por los centros de salud más rigurosos del mundo para probar medicamentos en experimentación todo habría resultado diferente y más económico.
El escritor inglés John Le Carré, que buscaba tema para una novela, entendió que las empresas farmacéuticas tenían de todo: “Las esperanzas y los sueños que tenemos de ellas, su enorme potencial para el bien desarrollado solo parcialmente y su lado tenebroso, sostenido por una riqueza enorme, secretismo patológico, corrupción y codicia’’.
John Le Carré escribió entonces El jardinero fiel, sobre la voracidad de las grandes empresas, el abuso de los africanos, la corrupción gubernamental, todo aderezado con una historia de amor que termina mal. Se han vendido millones de ejemplares en 19 idiomas hasta la fecha, y la película homónima del brasileño Fernando Meirelles obtuvo dos Oscar.
Pero no basta con esto. Porque el acuerdo extrajudicial que intenta lograr Pfizer obliga a esta empresa a pagar 55 millones de euros en concepto de indemnizaciones a las familias afectadas. Esta solución no evitará que el caso pueda seguir vivo en Estados Unidos, donde un tribunal de apelación del Estado de Nueva York ha dado vía libre para que prospere en el país donde radica la compañía. Todo por andar apurados. Cosa mala.

jueves, julio 16, 2009

Cosas raras que pasan con números



¿No tendrá la culpa el 23?

En la moderna simbología exotérica el número 23 se ha apropiado de los misterios terrestres y de lo que podemos soñar que ocurre en el universo. Ya hay académicos, poshippies místicos, círculos de filósofos, dedicados al estudio de los fenómenos paranormales y las teorías de las conspiraciones, relacionadas con esta cifra.
Anda por ahí gente que lo sabe todo sobre esta casualidad: fue el número de la camiseta de Beckham que escogió su mujer cuando jugó para el Real Madrid. Y ya había sido la identificación de otro astro, Michael Jordan. Y es la dirección de la casa del personaje Alicia en la película Hablé con ella, de Pedro Almodóvar. Todas estas coincidencias ponen a babear a mucha gente.
No es para menos: la sangre tarda 23 segundos en recorrer el cuerpo humano. En el momento de la concepción el hombre y la mujer contribuyen cada uno con 23 cromosomas. El biorritmo humano tiene ciclos de 23 días, según la teoría de George Tomen, quien se inspiró en el curioso amigo de Freud llamado Wilhelm Fliess, apasionado de la numerología.
Magia que tienen los números. Recordemos a Vladimir Nabokov. “El hombre inventó la aritmética con el fin puramente práctico de conseguir algún tipo de orden humano en un mundo gobernado por dioses que devastaban sus sumas cuando se les antojaba’’. No estaba errado.
Mucho tiempo antes un checo atormentado por su padre, Franz Kafka, pensó que “el trastorno del mundo parece ser, para nuestro consuelo, un asunto puramente numérico’’. Tampoco se equivocaba.
Virgilio nos dijo que la divinidad se complace del número impar. Y Cirlot, el catalán estudioso de los símbolos, asegura que los números no son expresiones meramente cuantitativas, sino Ideas Fuerza. Pudiera ser.
Bertrand Russell aportó estas palabras: “He deseado entender el corazón de los hombres. He deseado saber por qué las estrellas brillan. Y he intentado comprender el poder pitagórico mediante el cual los números se mantienen a flote sobre la mudanza’’.
Las sincronicidades, que tanto llamaban la atención de Carl Gustav Jung, también se manifestaron con el 23. El escritor William Burroughs relató que en Tánger (1958) conoció a un capitán Clark. Este le contó que por 23 años había navegado por el estrecho sin percances. Pero ese mismo día Clark sufrió un accidente grave.
Burroughs quedó sorprendido ante el suceso, pero se alarmó más cuando escuchó esa misma noche en la radio que un avión había caído sobre Florida, Estados Unidos, sin dejar ningún sobreviviente. El piloto se llamaba Clark y el número del vuelo era 23.
Cuando Arthur Koestler publicó el libro Las raíces del azar, recibió una curiosa carta del profesor Hans Zeisel, de la Universidad de Chicago. Le contó allí que le perseguía el número 23 como una maldición: en Viena, donde nació, vivió en la calle Rossaurerlaend, 23. Tuvo un bufete de abogados en la Gonzagagasse, 23. Y su madre vivía en la Alserstrasse, 23.
Su madre, en cierta ocasión, viajó a Montecarlo. Se llevó para leer la novela Die Liebe der Jeanne Ney: allí un personaje gana una fortuna apostando al 23. La madre de Zeisel intentó repetir la suerte del protagonista. Y al segundo intentó ganó una fortuna con el 23.
Umberto Eco se ha fascinado con las sincronicidades del 23. También el dibujante que creó Alien, H. R. Giger. Y es el número cabalístico de los hermanos Wachowski: 23 son los humanos que deben salvarse para asegurar la supervivencia de Sion en Matrix Reloaded.
Quienes deseen abundar en las relaciones peligrosas que mantiene el 23 con la vida, pasada y presente, no deberían dejar de leer La trilogía de los iluminati (Robert Anton Wilson, Palmyra, 2006); Numeromanía, números, mística y superstición (Lamberto García del Cid, Debate, 2009). Y la película de Joel Schumacher, El número 23, con Jim Carrey.
Cabe preguntarse si todo esto no será una de las tantas formas que tiene el ser humano de escapar de la más cruda realidad que le toca vivir todos los días. Quien sabe. Pero no deja de dar vueltas en mi cabeza la frase del científico Nigel Paneth: “Los números formados por dos cifras expresan una relación entre ellos, de izquierda a derecha: Por ejemplo, 23: 2 es el conflicto y 3 la solución que lo resuelve’’. Quizá sea una forma de protegerse de las adversidades.

martes, julio 07, 2009

Fue secretario de Pablo Neruda



Muere Adoum, escritor ecuatoriano


Javier Rodríguez Marcos

Jorge Enrique Adoum era el poeta ecuatoriano. Lo era en gran parte por méritos propios, pero también porque en estos tiempos no parece que a un poeta, y más si es latinoamericano, le valga con serlo. Tiene además que ocupar el puesto -que a veces se transforma en cargo- de escritor nacional.
Adoum, que murió en Quito el 3 de julio a los 83 años, víctima de un paro cardiorrespiratorio, sobrellevó además toda su vida otra etiqueta, la de secretario de Pablo Neruda. Lo fue durante dos años y mientras culminaba sus estudios en la Universidad de Santiago de Chile. Por entonces tenía 26 años. Había nacido en Ambato, 100 kilómetros al sur de Quito, en 1926, y fue todo lo que podía ser un poeta en el siglo XX además de nacional y secretario de: periodista, traductor, ensayista y diplomático.
Se estrenó en 1949 con Ecuador amargo y tres años más tarde publicó la primera entrega de Los cuadernos de la tierra, un ciclo poético teñido de historia y antropología que culminó en 1961. En España, su obra lírica puede leerse en una amplia antología publicada por la editorial Visor en 1998.
El otro gran hito en la carrera de Adoum fue la novela Entre Marx y una mujer desnuda, publicada en 1976 y llevada al cine por su compatriota Camilo Luziriaga 20 años después. Con ella obtuvo en México el Premio Xavier Villaurrutia. Años más tarde fue finalista en Venezuela del Rómulo Gallegos con Ciudad sin ángel. Él mismo fue jurado de ese premio en 2005, el año en que la polémica en torno al oficialismo chavista de los miembros del citado jurado empañó el indudable mérito de la novela ganadora, El vano ayer, del narrador español Isaac Rosa.


-El País, España

domingo, julio 05, 2009

Ronald Biggs quiere descanzar en paz



El ocaso de un pícaro



Luce triste, solitario y final. Lo aquejan dolores tras una fractura de cadera y no lo abandona la sensación de asfixia producida por una infección pulmonar. Los ataques cardíacos se han sucedido como réplicas de terremotos y las apoplejías paralizaron parte de su cuerpo.
Ya Ronald Biggs no es el que era. Cuesta imaginarlo hoy como aquel hombre arriesgado que sorprendió al mundo con el mayor robo de tren de la historia de Inglaterra, el 8 de agosto de 1963. Un trabajador inglés, educado con un notable respeto por el esfuerzo.
En minutos se llevaron el botín que trasportaba el Correo Real Glasgow-Londres: 120 bolsas que contenían 2.631.748 libras esterlinas (cerca de 60 millones de dólares de hoy). Ese tren recogía el dinero de los bancos de los pueblos para trasladarlo a las arcas de las casas matrices.
Como no camina ni habla, y recibe alimentación a través de un tubo, Biggs solicita libertad, ahora que está a punto de cumplir 80 años. Se encuentra prisionero en la cárcel de Norwich (en el este de Inglaterra).
Puede exigir la reconsideración de la pena porque ya cumplió un tercio de su condena de treinta años y porque Comisión de Libertad Condicional recomendó dejarlo libre. La decisión se encontraba en manos del Ministro británico de Justicia, Jack Straw, quien negó la solicitud porque el ladrón no estaba arrepentido de su delito.
En la decisión de Straw, ocurrida la semana pasada, se leen innumerables razones, pero quizás la más popular alude al narcisismo herido de los banqueros ingleses, quienes fueron humillados por uno de los grandes robos de la historia, realizado por quince hombres sin armas, pacifistas aventureros que deseaban escapar con el botín para pasarla bien en una playa desolada del planeta.
Todo salió demasiado bien, pero los quince hombres dejaron demasiadas huellas. La policía tenía el mandato de atraparlos. Y lo hicieron. Pero ningún interrogatorio logró violar el pacto de silencio que habían sellado. Nunca se encontró el dinero. Esa actitud fue castigada, aún cuando no hubo víctimas, con penas de 15 y 30 años.
Biggs estuvo preso en la cárcel de Wandsworth dos años, hasta julio de 1965. Un día de ese mes se acercó a una ventana, rompió el vidrio y se lanzó al vacío. Cayó sobre unos colchones en un camión que lo ayudó a escapar. La huída fue aparatosa, como si hubiera pensado en escribir el guión de su propia película.
Escapó a Francia, donde cambió de cara y documentos. De París comenzó un largo peregrinaje hacia Australia y de ese país, que comenzó siendo una enorme cárcel para delincuentes ingleses en el siglo XIX, huyó por el Pacífico hacia Chile, Bolivia, para residenciarse en Brasil.
Cumplía así el mito de los hombres que deseaban escapar con mucho dinero ajeno hacia el exótico Brasil, para retratarse con un trago y una mulata sandunguera. Las autoridades inglesas finalmente dieron con el paradero del Biggs, pero no pudieron extraditarlo porque esperaba un bebé de una brasileña llamada Raimunda. La ley de Brasil lo protegía y lo anclaba en Río de Janeiro.
En 1980 un grupo parapolicial lo secuestró en la calle. Al advertir lo que ocurría, se encontraba en un avión que haría escala en Barbados antes de dirigirse hacia Londres. Pero una vez más la suerte, la ayuda de abogados y la prensa hicieron el trabajo a favor de Biggs. Fue devuelto a su paraíso carioca por una orden judicial.
Lo que no logró Scotland Yard, ni sus sabuesos a sueldo, pudo hacerlo la vejez y la melancolía. Biggs sintió nostalgia por su país de origen, se cansó de interpretar el papel del ladrón que daba entrevistas, y se entregó el 7 de junio de 2001. Regresó en un avión alquilado por el periódico sensacionalista The Sun.
Aunque las autoridades inglesas recibieron a Biggs como si hubieran atrapado al ladrón del siglo, con una parafernalia espectacular, encontraron un cuerpo inservible que se había gastado todo el dinero que les había robado a los bancos de la corona.
El Ministro de Justicia, Jack Straw, se empeña en mantener encarcelado a Ronnie Biggs, aún cuando éste apenas respira. Lo que no toleran estos prepotentes súbditos británicos es que este obrero los haya timado en público. En el fondo saben que quien le roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

sábado, julio 04, 2009

Los dilemas de Eleanor Coppola



Las mujeres arriba


De todas las figuras que crecieron en la órbita del clan Coppola, muy cerca del padrino Francis Ford, quizás la menos conocida de todas sea Eleanor Neil Coppola. Su hija Sofía, su sobrino Nicolás Cage y su hermana Talia Shire, son hoy estrellas con vida propia y muy reconocida en el sistema de celebridades de Hollywood.
Eleanor Neil Coppola es su esposa desde 1962, cuando era asistente del director artístico de la primera película que dirigió Francis Ford Coppola, Dementia 13, bajo la tutoría del monstruo del cine de terror de bajo presupuesto, Roger Corman.
Durante cuatro décadas esta mujer demostró tener vida propia como diseñadora, creadora de Happenings y arte conceptual, directora de cine y escritora. Pero también tomó la decisión de mantenerse a la sombra del éxito de su marido.
Eleanor Neil Coppola comenzó a mostrar su talento en 1979, el año en que su marido emprendió la filmación de Apocalipsis Now, película que casi acaba con la vida del realizador y con la de uno de los principales actores, Martin Sheen, el oficial encargado de remontar el río en busca del comandante que se ha vuelto loco.
Una de las grandes ficciones sobre la guerra de Vietnam se convirtió en una pesadilla con vida propia: su presupuesto creció más allá de lo que el estudio de producción había previsto, un tifón estuvo a punto de acabar con los escenarios en Filipinas y Coppola comenzó a mostrar rasgos de una megalomanía preocupante.
En ese momento Eleanor Neil Coppola comenzó a rumiar unas notas sobre el proceso de locura de su marido y de la filmación que amenazaba con destruir todo lo que tocaba. Las tituló Notas a Apocalipsis Now. Diario de una filmación (Emecé, 2002).
También realizó un documental, El corazón de las tinieblas (como el libro homónimo de Conrad en el que se basada el guión de John Milius). Y lo subtituló El apocalipsis de un director. Dieciséis años después de realizado, esta reflexión fue premiada en televisión.
El punto de vista de Eleanor Neil Coppola en ambas versiones de su historia (diario y documental) es complejo, porque exhibe detalles de la vida familiar (sus tres hijos, su casa en California, la importancia en sus vidas de las cartas del Tarot, y los manzanos que florecen muy cerca de sus intimidades).
También muestra sus desacuerdos matrimoniales, la angustia de vivir al lado de un cineasta que vive cerca del abismo todo el tiempo, o el conocimiento de sus infidelidades en días de rodaje, aunque se advierte que ese interés por revelar aspectos oscuros de su vida privada tiene un límite y evita todo el tiempo el escándalo.
Pero el sentimiento de dolor por los excesos de su marido no faltan en el libro: “Hay una parte de mí que ha estado esperando que Francis me dejara, o se muriera, para poder hacer de mi vida lo que yo quiera’’.
Las cosas siguieron su curso entre ellos, sin que él se separara o falleciera, y sin que ella lograra resolver su conflicto personal que la llevaba a odiar a su marido en ciertas ocasiones y en otras a admirarlo irracionalmente (“Algunos días tengo la sensación de que mi mente es del tamaño de un guijarro mientras que la suya es como el monte Rushmore’’).
El año pasado Eleanor Neil Coppola publicó un nuevo libro, Notas sobre una vida (Circe, 2008). Como siempre ocurre con sus escritos, dejan entrever pasiones encontradas: la ausencia de estabilidad en una vida trepidante que pareciera no cesar y las mieles cómodas de una riqueza que ha ido en ascenso.
Los Coppola poseen una empresa vitivinícola en Napa, donde se encuentra la mansión victoriana y algunos espacios más íntimos; apartamentos en París y Nueva York; casas en Nueva Orleáns y Los Angeles; un hotel en Belice, una compañía productora (Zoetrope), una revista literaria (Zoetrope All Story), una biblioteca de sesenta mil títulos, un avión privado…
Pero su libro es también un ajuste de cuentas con su propia historia, una apuesta por establecer su punto de vista a pesar de haber entregado su independencia por pertenecer a la sombra de un clan.
En sus páginas se lee su enorme pesar por la muerte accidental de Gio, uno de sus hijos; su honestidad a la hora de exponer que pagó caro la vida que escogió; y su insatisfacción por haber apoyado a todo el mundo para que alcanzara el éxito, mientras ella dejaba pasar su vida sin crear una obra verdaderamente personal.

Adiós al amigo



Pampin


Cada vez que desaparece un hombre o una mujer del mundo del libro en Venezuela, todos los que participamos de ese ámbito -tan singular y indescifrable a la vez- perdemos algo que no se recupera. Acaba de suceder con Diego Pampin Robles, Director de Random House Mondadori en nuestro país.
Así como ha ocurrido con otras desapariciones dolorosas del sector, como las de libreros (Raúl Betancourt), escritores (Adriano González León y Eugenio Montejo), impresores (Pastor Acea) o editores (Leonardo Milla), algo se desencaja para siempre.
Muchos de estos actores vinieron de muchas partes del país, y del extranjero: aquí forjaron un mercado editorial diverso y elocuente, que hoy curiosamente ofrece frutos extraordinarios, a pesar de las trabas y las amenazas que se vislumbran en el horizonte.
Diego Pampin Robles nació en Uruguay y comenzó a trabajar en el mundo de libro antes de emigrar a Venezuela. Primero como vendedor del sello chileno Pomaire y luego introduciendo libros en una cadena de discos, El palacio de la música, cuando eso aún era una osadía inexplorada por las grandes tiendas.
Más tarde fue captado por un editor republicano de pura raza, Benito Milla, padre de Leonardo Milla y abuelo de Ulises Milla. Un nombre mítico en la historia de la edición latinoamericana, ligado entre otros muchos proyectos a la fundación de Monte Avila Editores y del Grupo Editorial Alfa.
Con Don Benito trabajó Pampin, en Montevideo primero, dentro de la librería Alfa. Y más tarde, cuando éste emigró a Venezuela y abrió Dilae (a media cuadra del Gran Café, en Sabana Grande), Pampin volvió a ser librero en Caracas. Y continuó con esa trayectoria en Ludens, otra de las tiendas del Grupo Editorial Alfa.
En el Grupo Planeta desarrolló el sector comercial y en el Bloque de Armas acompañó a Armando de Armas en las librerías Las Novedades. Toda esta trayectoria hasta que fue captado por Grijalbo, la casa editorial que había fundado el comunista Juan Grijalbo en México, después de exilarse en medio de la Guerra Civil Española.
Mientras Diego Pampin Robles se encontraba al frente de Grijalbo en Venezuela, la editorial fue adquirida primero por el grupo italiano Mondadori, que más tarde se fusionó con el grupo alemán Berstelmann, para convertirse en uno de los conglomerados más poderosos de la edición en habla hispana, Random House Mondadori.
A la cabeza del grupo, Pampin alentó la edición local a través de los diferentes sellos de Random House Mondadori: Debate, Literatura Mondadori, Grijalbo, Plaza y Janés. Y desde esas casas literarias les abrió las puertas a los escritores venezolanos.
Fue el mentor de los libros de periodismo en Debate. Y defensor del autor venezolano en Literatura Mondadori, un logro que deben celebrar quienes recién comienzan en las letras y quienes son ya firmas sólidas en el país. También logró que se integraran poetas venezolanos en la colección de poesía de Lumen.
Diego Pampin Robles era un excelente lector, aunque a veces odiaba permanecer demasiado tiempo en una librería, y descreía de los círculos literarios que se alejaban de una barra, donde escenificaba discusiones mitológicas con escritores que habían sobrevivido a la República del Este.
Sabía que pertenecía a una época que ya había tenido su momento de gloria y los nuevos modos de la modernidad lo incomodaban tanto como un aeropuerto, donde la velocidad y el anonimato lo convertían en un pasajero al borde de una crisis nerviosa. Toda formalidad le era ajena e incómoda, por eso huía de los actos sociales y pocas veces aparecía en una presentación de libros.
Parecía ir cuando estaba de vuelta y muchas veces todo lo contrario. Apaciguaba las incomodidades de la vida apresurada con lecturas metódicas de un gallego esencial, Álvaro Cunqueiro (Fábulas y leyendas del mar).
Insistía en que Antonio Lobo Antunes obtendría el Premio Nobel de Literatura. No en vano logró atravesar el carácter irascible y oscuro del psiquiatra portugués, hasta convertirse en un amigo con el que se sentía cómodo.
Su muerte lo libró de un padecimiento que había comenzado a ser una maldición en vida. Lo sobreviven sus hijas y su esposa, y la desconsolada tristeza de muchos amigos que no pudieron despedirse ni manifestarle el cariño que le profesaban.

lunes, junio 01, 2009

Amor y terror por las palabras



De eso no se habla

Las palabras siempre nos alivian. Nos enferma en cambio la imposibilidad de hablar de aquellas cosas que nos perturban. Mario Vargas Llosa llegó a Venezuela y fue recibido, al igual que otros pasajeros en tránsito con ideas opuestas a las de este gobierno, por un comité de bienvenida que se encargó de dilatar su salida del terminal internacional de Maiquetía.
Hurgaron exhaustivamente sus maletas, lo acosaron con preguntas que no conducían a ninguna parte y le exigieron que no emitiera juicios políticos (sic). En un país, que exhibió hasta 1999 una de las democracias más respetadas de América Latina, hoy un escritor que disiente del Socialismo del Siglo XXI no puede contrastar sus ideas sobre el país y su presidente.
La pregunta clave entonces es: ¿qué es lo que teme Hugo Chávez y su equipo portátil de seguridad cubana que ocurrirá si un escritor pasa unos días por nuestro país y critica el gobierno?, ¿qué poder le otorgan a las palabras quienes llegan al colmo de acosar a la gente para evitar que intercambien puntos de vista?
Para responder estas preguntas, voy a referir las ideas de John Ralston Saul, historiador nacido en Ottawa y residenciado en Toronto. Estudió política en Inglaterra y Francia. Derivó con los años hacia la novela y el ensayo. Antes, fue un empresario del petróleo, primera vida que le brindó la felicidad de ser libre en un mundo en crisis.
Una de sus obras más perturbadoras, Los bastardos de Voltaire, somete a juicio cuatro siglos de historia. Sin ambages, dispara contra ministros, profesores universitarios, empresarios, planificadores, economistas, funcionarios, tecnócratas… Su tema no es otro que el fracaso de la razón para organizar y mejorar el mundo.
Su pluma y su pensamiento resultan implacables. Sobreviven pocos títeres con cabeza. El desempleo, el comercio de armas, la depredación del medio ambiente, la deuda, el fracaso militar, la mala educación y una peor salud pública, aparecen como signos de la dictadura de la razón en Occidente. La élite del poder queda al desnudo, con sus minuciosos informes y sus reuniones anuales, imposibilitada de resolver los problemas de la gente.
Algo vuelve loca a esta élite: no poder callar a quienes opinan diferente de ellos. Para lograrlo, utilizan influencia y dinero, funcionarios judiciales, censura, cárcel y violencia. La palabra puede parecer un recurso frágil, pero su poder intrínseco resulta alarmante. Por eso hace falta silenciar a los críticos.
John Ralston Saul aclara que no importa si se trata de demócratas o dictadores: ninguna de las dos especies puede comprender que la crítica es la herramienta más constructiva para toda sociedad, la mejor manera de alejarse del equívoco.
Para los racionalistas la crítica era una fuerza atroz, equiparable a su Némesis, el rey medieval, del que abjuraban los pensadores del siglo dieciocho que habían padecido cárcel y destierro, y odiaban el oscurantismo que imponía brutalidades como el potro y la hoguera. Por eso abrazaron la razón, pero la palabra siguió siendo un enigma insondable.
¿Y qué pasa con el lenguaje? Otorga legitimidad. Así lo ve John Ralston Saul: “Para la autoridad establecida, las palabras descontroladas son más peligrosas que las fuerzas armadas’’. Porque tienen el poder de moverse libremente y organizar ideas similares, apuntalar energías y producir efectos que resultan aterradores para quienes gobiernan.
Las palabras que todavía no había dicho Mario Vargas Llosa la noche en que llegó a Maiquetía ya eran insoportables para quienes detentan el poder absoluto de amedrentar a un escritor al que ya le anuncian que podrían expulsarlo sin que haya abierto la boca.
Aquí estamos. Muchas palabras resultan insoportables porque dicen verdades incómodas, echan luces sobre casos de corrupción que el gobierno desea esconder, y llaman la atención sobre un gobierno ineficiente como pocos que esconde su signo autoritario bajo las pieles de la inclusión social.
En las dictaduras las palabras dejan de ser medios de comunicación, asegura John Ralston Saul, para convertirse en un escudo de quienes tienen el poder. Temporalmente, claro, porque los ciclos cambian y lo que se calla hoy mañana se trata de decir otra vez, hasta la triunfa la verdad, que siempre sale a flote.